miércoles, 19 de septiembre de 2012

¡No menosprecies a los votantes, estúpido!


Parece de sentido común, pero políticos de todo rango y condición caen. Desde alcaldes de pueblo hasta Mitt Romney, quien en un discurso ante su público más fiel declaró que “hay un 47% de votantes que respaldarán al presidente, pase lo que pase. Están con él, dependen del Gobierno, piensan que son víctimas y además creen que el Gobierno tiene la responsabilidad de cuidar de ellos”. Esta afirmación se suma al resto de patinazos mediáticos que han marcado la imagen de candidato adinerado, alejado de los problemas de la gente corriente. Sin embargo, dar a entender que el 47 % de los estadounidenses son vagos y dependientes del Gobierno es especialmente grave en el país que se enorgullece de ser una tierra de oportunidades donde la gente puede hacerse a sí misma y triunfar. Obama ya se frota las manos.


Lamentablemente hay demasiados casos en los que un político menosprecia a los ciudadanos. Volviendo a España, Pedro Castro, alcalde de Getafe llamó “tontos de los cojones” a los votantes del PP. El socialista pidió perdón y matizó el contexto en el que las hizo (tal y como ha hecho también Romney), pero al igual que los errores en prensa, la fe de erratas nunca compensa. El error se viraliza, la disculpa no. Además, la política no es una disciplina donde, como en algunos deportes, la confrontación desmesurada afianza la fidelidad (nosotros contra ellos; Barça vs Madrid). En política la gente cambia de opinión y si insultas a “los otros”, les afianzas en su voto y lo más seguro es que pierdas algunos “tuyos”. Por eso una campaña negativa en exceso es peligrosa.



Otro caso, más curioso si cabe. Alfonso Rus, alcalde de Xàtiva (PP) llamó “burros” a sus propios votantes: “Si yo mando, traeré la playa. Y van y se lo creen todo. ¡Serán burros! Y me votaron”. Al parecer estaba explicando cómo ganar las elecciones: “donde no gobernamos hay que crear la ilusión de gobernar”. Esto último no es mal consejo, siempre y cuando dicha ilusión no suponga infravalorar al ciudadano. Y, obviamente, si se “rompe” una ilusión y hay que dar malas noticias, éstas pueden ser comprendidas (o no) por los ciudadanos, pero seguro que serán rechazadas si escuchan un “que se jodan”.



Un político no se puede permitir el lujo de menospreciar a nadie, ni a micrófono abierto, ni a puerta cerrada. De hecho, un persona que desprecia, aunque sea sólo en su fuero interno, nunca podrá ser buen político.



miércoles, 5 de septiembre de 2012

No son vinculantes

El curso político comienza con fuerza: dos elecciones autonómicas clave y el ya bautizado “otoño caliente” con la posibilidad (más que posible, si se me permite) de un segundo rescate, en el que no cabrán lenitivos destacando que se trata de un sector concreto como ocurrió con el financiero. Por su parte, el Presidente del Gobierno sorprendió hace unos días con un cambio de estrategia comunicativa (no sabemos si puntual o se mantendrá en el futuro) encaminada, se supone, a afrontar ese otoño difícil que se espera. “Quien me ha impedido cumplir mi programa electoral ha sido la realidad”; “cumplir con mi deber me llevará a volver a ganar las elecciones”. Estos fueron los dos titulares principales de la primera entrevista que concedió Mariano Rajoy a la prensa (ABC y otros tres rotativos europeos). Y tienen miga.

Muchos han comentado el hecho de que
su primera entrevista en prensa fuera para ABC,
en lugar de El Mundo. Seguramente Rajoy
recordaba cierta campaña en 2008 y Pedro J.
Ramírez publicó una dura crítica el mismo
domingo que la entrevista..
Primero. Abandona la “herencia recibida”
Para alivio del PSOE, si el Gobierno y el PP mantienen esta línea marcada por Rajoy, la famosa “herencia”, esas diferencias “inesperadas” en las cuentas del Estado, ya estaría superada. En realidad es lógico, ya que los ciudadanos no entenderían ni aprobarían seguir justificando medidas en base al supuesto engaño del anterior ejecutivo. A partir de ahora, lo que “obliga” al Gobierno es “la realidad”.

Segundo. Rompe su relato
Los partidos de oposición y los medios de comunicación críticos con el Gobierno cargan las tintas con este punto mostrando y recopilando las declaraciones -e incluso campañas- de los actuales dirigentes criticando las subidas de IVA, los recortes en derechos sociales o la reforma laboral que hizo el anterior ejecutivo. Puñetazos de hemeroteca que también se llevó Zapatero cuando decidió emprender la misma estrategia que esgrimió Rajoy el pasado fin de semana: con su famoso “cueste lo que me cueste”. La diferencia es que el relato de Zapatero, el del Presidente que más derechos sociales había impulsado, quedó mucho más perjudicado por "la-realidad-que-le-obligaba” que el del Rajoy que prometía en campaña no subir los impuestos ni tocar la sanidad o la educación. ¿Por qué? Por la percepción.

Tercero. Pone el foco en la realidad
Este punto es arriesgado desde un punto de vista estratégico, ya que deja al descubierto lo que muchos podrían entender y la oposición entiende como un engaño. En 2008 la percepción era que no había crisis, la campaña del PSOE la negaba y el PP la exageraba, pero lo cierto es que la mayoría de los españoles no tenía la imagen tan mala que tiene de la situación en la actualidad. Por esta razón, cuando Rajoy habla ahora de la “realidad” que le fuerza a incumplir su programa y sus convicciones políticas, lo lógico es pensar que cuando hacía campaña hace sólo unos meses ya conocía cuán grave era la situación -con o sin herencia-.

Y cuarto. Puede deslegitimarle
“¿Entonces para qué sirve un programa electoral?”, se puede preguntar un votante popular ahora o uno socialista en mayo de 2010. Estas situaciones pueden deslegitimar (aún más) la política: “son todos unos mentirosos: prometen A y luego hacen B”. Y no sólo eso, sino que además plantea un sinfín de preguntas en esta dirección, tal y como apuntó Antoni Gutiérrez-Rubí en su artículo "Rajoy, la realidad y el deber".  La gente elige a sus representantes para que cambien la realidad y no al revés, como decía Antonio Caño en su columna. Aunque tampoco vayamos a caer en la ingenuidad, ya que, poniéndonos en un extremo, un presidente puede promover la paz entre naciones y luego ser atacado y tener que entrar en guerra. La realidad sobreviene y el deber de actuar influye en cumplir o no lo prometido, obviamente, pero sin ir tan lejos, en este caso sin embargo, la realidad no exculpa puesto que tanto ésta como su percepción no han cambiado últimamente, tal y como se dijo en el punto anterior.



Así pues, y dando paso a una visión más general, parte del problema de la política actual es precisamente ese: la ingenuidad. Ingenuidad de tomar por ingenuos a los votantes. La ingenuidad y falta de sinceridad, transparencia u honestidad, si se prefiere. Madurez política, en definitiva, que se evidenciaría en estrategias comunicativas más honradas y cercanas a los ciudadanos.

Los votantes otorgan su confianza, no por "lo hecho" o "lo que se hace" en la realidad presente, sino por “lo que se va a hacer”, y más vale que no sientan que les engañan. “Cumplir con el deber” no asegura una reelección, del mismo modo que un programa electoral no asegura un Plan de Gobierno. No son vinculantes.