El significado de este gracioso apelativo de la zona de tascas del centro de Logroño es obvio. Con cada tapa o pincho, una copa de Rioja… ¡En qué gran país vivimos!
La calle Laurel nos dio la bienvenida a la senda. A las ocho de la tarde aún se podía pasear con facilidad para otear dónde se escondían las mejores tapas a los mejores precios. Una hora más tarde, la gente se multiplicaba para saturar los bares y sus entradas, donde el olor a frituras se mezclaba con el de los fumadores felices con su vicio y alguna copa caída. Caminar por las cuatro calles que conforman la senda se complicaba. Llegando a la medianoche la orquesta de sonidos estaba interpretando su fortíssimo más vibrante, mientras los camareros bregaban con clientes cada vez más numerosos e impacientes. Al descubrir nuevas tapas el estómago se esforzaba en hacer algo más de sitio y los lugares hacían buena caja a base de consumiciones de dos o tres euros por persona. A las pocas horas del nuevo día muchos ya se marchaban dejando tan solo a los más insaciables y a las despedidas de soltero/a, que disfrazados y ruidosos, tenían prohibida la entrada a muchas tascas “por irrespetuosos”, decía algún camarero ya escarmentado. Así pues, la noche dejó su encanto de tapa y vino para dar paso a la fiesta globalizada, la de luces bajas y música a tope. Insaciados y disfrazados se daban cita por los alrededores de la Concatedral de Santa María de la Redonda, para matar la noche a golpe de cubata y/o bailoteo.
Cada vez que disfruto tanto de la cultura del tapeo y el buen vino como lo hice en Logroño me pregunto por qué Valencia nunca la ha adoptado como suya.
Ejemplo y argumento para volver a visitar Logroño: Tapa de migas campesinas con huevos de codorniz + copa de vino Rioja crianza por 2 euros.
Entrada dedicada y agradecida a Los Coyotes y a cierta canción de Engendro.
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