martes, 7 de diciembre de 2010

China y sus contrastes

Es natural, cuando uno sale de “Occidente” tiene la esperanza de encontrarse algo completamente diferente que añada ese toque mágico (¿exótico?) al viaje, y al mismo tiempo, cuando se está allí durante un tiempo, en algún momento siempre se acaba mirando con la perspectiva occidental desde lugares que se acercan a lo occidental. Me explico: uno viaja a China 21 días con un grupo grande y al final la voluntad colectiva es encontrar la típica hamburguesería de la M y viajar con la comodidad con la que lo hacemos por aquí.
China, o más bien la pequeñísima parte de China que visitamos durante tres semanas nos sorprendió para bien y para mal; en especial por sus contrastes. Contrastes entre las grandes urbes y el interior, entre las ciudades y entre los habitantes de una misma población. En Shanghai pasamos casi inadvertidos en una ciudad cosmopolita, llena de occidentales y con aspecto y pretensiones occidentales. Por el contrario, en un pueblo del interior donde paramos a comer los locales nos miraban fijamente por ser los primeros “narizotas” (así nos llaman) que veían fuera de sus pantallas de televisión. Allí y en lugares turísticos como la Ciudad Prohibida nos pedían fotos como si fuéramos alguien especial y se lo pasaban pipa viendo cómo intentábamos comer con palillos o asimilar sus costumbres y lenguaje.
Es una de las peculiaridades de los chinos, el mirar fijamente pero sin ánimo de ofensa o desprecio, simplemente por curiosidad. Otra de sus características como pueblo, además de su sufrido espíritu del trabajo, es que son en general amables y atentos con el extranjero, lo cual ayuda a resolver situaciones en las que incluso los gestos tienen un significado diferente.
Volviendo a los contrastes, donde más los apreciamos fue en Beijing. Nos alojábamos en un hotel de un hutong (callejón) que bien podría representar lo que es China en la actualidad. Una calle larga pero estrecha, casi sin aceras, con un tráfico descontrolado y peligroso en la que nos encontrábamos un edificio estatal con muchísimos policías, mercadillos, nuestro hotel, unos servicios públicos que provocaban repulsión con sólo mirarlos, gentes haciendo barbacoa en medio de las calles, otros comiendo en el suelo mientras escuchan música en una especie de iPhone, bicicletas, motos eléctricas, coches Audi relucientes y carritos de llevar a turistas. Cada cual en su sentido, de aquí para allá. La pequeña parte de China que visitamos en buena medida nos pareció como nuestra calle, un país con un desarrollo increíble, pero irregular. Un gran amigo mío lo expresó de esta manera: “es un país que ha crecido en 30 años, lo que al resto nos costó siglo y medio”. Y ahí está uno de sus problemas, su población ha tenido que aprender y modificar sus hábitos tan rápidamente, que es normal ver a alguien en condiciones insalubres comiendo en el suelo y escuchando música en un iPhone.
He aquí otro ejemplo. Cuando quisimos viajar por el interior del país para visitar Pingyao (precioso, pro cierto) y Xi’an (a la que no fuimos al final) entre otras ciudades, nos quedamos sin billetes de tren y tuvimos que comprar para penúltima clase. En cuanto a transporte sobre raíles, el país pseudocomunista tiene cuatro clases de billetes: litera blanda, litera dura, asiento blando, asiento duro y sin asiento. Pues bien, nosotros quisimos litera blanda dado que viajábamos durante 12 horas, pero por inocentes nos quedamos con asiento duro y al llegar al vagón de unos 150 asientos, nos encontramos con 250 o 300 pasajeros y repleto de bolsas hasta el techo. Fue una experiencia única que personalmente no cambiaría. En mi sección de seis asientos íbamos once, dos bebés incluidos. Uno de los niños se meó en el pasillo y a una mujer se le escapó un conejo. La gente fumaba entre vagones y aunque eran decenas los que se sentaban y hasta dormían como podían en los pasillos, el carrito de sopas pasaba una y otra vez. El contraste lo vivimos en Shanghai, donde cogimos uno de los trenes más rápidos del mundo, el MagLev, un tren que con magnetismo levita sobre las vías y alcanza los 430 km/h. La comparación entre un viaje y otro no tiene desperdicio.
Una amiga china me contó que el trasporte sigue siendo una de las asignaturas pendientes para su país, porque el desplazamiento de un país con 1.600 millones de habitantes es muy difícil, y más si a estos se añade la necesidad de contentar a los turistas que llegan a los grandes eventos como son las Olimpiadas o la Expo.
En cuanto a lo cultural es un país que sorprende y emociona. Su historia milenaria parece no tener límite y el florecimiento de nuevos artistas en grandes urbes como Shanghai o Hong Kong es (casi) imparable. Lo lamentable es que el progreso apresurado que están llevando a cabo emponzoña los tesoros que guarda el país. Me refiero a la angustiosa contaminación de Beijing, la masificación turística de ciertos tramos de la Gran Muralla, la canalización de lo propio para hacerlo agradable al turista etc.
Me llevé gratos recuerdos de China y sus gentes, pero también, y por contraste(s), alguna que otra pena.

Por cierto, Escribo estas líneas ahora, no sólo porque entonces no me apeteciera, sino también porque no podía. Ni Blogger, ni Facebook... casualmente Tuenti sí, y Google a veces, porque casualmente se colgaba siempre que buscabas Tian'anmen. Os dejo con las imágenes y alguna curiosidad.

Entrada a la Ciudad Prohibida, "pequeña" morada de las dinastías Ming y Qing. Se decía que tenía 9.999 habitaciones, porque sólo el Cielo tiene 10.000. En realidad tenía ocho mil y pico.
Por cierto: 9 = número imperial, 8 = buena suerte -de ahí lo de los JJ.OO. del 8 del 8 a las 8:08 del 2008, 4 = mala suerte -los números con muchos cuatros son más baratos-. Nótese la contaminación y la masificación turística a la que hacía referencia arriba

Excursión al lago de Baiyangdian, el día más caluroso de toda nuestra vida. Un mar de nenúfares y salpicado de flores de loto

El Templo del Cielo, aunque su nombre real es "Sala de la Oración para las Buenas Cosechas". El edificio se reconstruyó en el siglo XIX, y pese a haberlo hecho con madera no hay ni un sólo clavo. De lo que más me gustó de China. Todo son símbolos, cuatro pilares por las cuatro estaciones, doce pilares exteriores por los doce meses etc.

El Teatro Nacional, conocido como "la perla" por aquellos a los que les gusta, y "el huevo" por los que no. Diseñado por el arquitecto francés Paul Andreu. Ejemplo de la China moderna y a la última

En el parque de Beihai, uno de los más bellos que visitamos. Vemos el puente a la Isla de Jade, en la que encontramos en lo alto la Dagoba Blanca, templo tibetano construido en el siglo XVII en honor al quinto Dalai Lama

Buda de Maitreya, en el Templo de los Lamas, 18 metros de altura, una única pieza de madera de sándalo, impresionante

La Gran Muralla, se empezó a construir algunos tramos en el VI a.C., pero fue sobre todo el primer emperador Qin Shi Huang quien se puso más serio en lo de matar a la gente a trabajar para defenderse de los norteños de la zona. Trabajaron y murieron 500.000 chinos. Durante la dinastía Ming se mejoró y lo que queda hoy es sobre todo de aquella época. La Gran Muralla, a pesar de su fama, no es la única construcción que se ve desde el espacio. Esta es una de las mejores campañas de publicidad hecha por un estado. Otro de los falsos mitos es que es continua. En realidad aprovecha montañas y barrancos para aparecer y desaparecer. Se comunicaban mediante las torres con señales de humo

Templos taoistas en las montañas de Jeisiu

Y del interior más salvaje...

... a la modernidad más salvaje de la gran urbe de Shanghai

El Pudong, la zona de rascacielos... ¿estamos en China?

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2 comentarios:

Anónimo dijo...

Enhorabuena por el artículo! A mí con China me pasa algo muy curioso. La admiro por lo que ha sido, por la historia milenaria que atesora y por la enorme capacidad de trabajo de sus habitantes, pero la temo por lo que puede llegar a ser. Cada incremento de su PIB, cada ascenso en su influencia en el comercio exterior me provoca más intranquilidad. Ojalá que su afán por agradar a quien los visita dure muchos años
Sergio

moledo dijo...

Gracias! La verdad es que asustan las cifras. Más de un diez por ciento de crecimiento del PIB anual no parece muy "sano". Y lo que más preocupa es la idea de que debemos seguir al líder del mundo del momento (lamentablemente siempre entendido en términos económicos y nunca sociales), porque si es así los derechos sociales y laborales se verán muy reducidos, como ya está empezando a pasar.
Bueno, lo dicho, gracias por comentar. Un saludo!