lunes, 31 de mayo de 2010

Goodbye, Canada!

Como cantaban Los Módulos, todo tiene su fin, la cuestión es si llega en el momento adecuado.
Escribo estas líneas casi un mes después de mi accidentada vuelta a España, pero mi “periplo” por Canadá merecía unas últimas reflexiones públicas. Una de las razones por las que no he escrito es por las prisas de terminar la carrera de periodismo que no quiero de ninguna manera alargar un año más por tres asignaturas “descolgadas”. El estrés de ponerme al día y las ganas de reencontrarme con gentes y sabores me han aliviado el retorno a los escenarios de siempre y la certeza de saber que los de allá nunca más se volverán a repetir de la misma forma. Sí he padecido, pues, el todavía no reconocido científicamente “síndrome post-erasmus”, pero también tengo la certeza de que el tiempo que he disfrutado en Canadá ha sido el adecuado.
Tuve la oportunidad de hacer un último gran viaje por la zona este del país, del cual doy cuenta abajo, y en mis ocho meses también tuve tiempo suficiente para comenzar a querer al país y a su gente. Es verdad que las zonas por las que me he movido no son representativas de la totalidad del segundo país más grande del mundo, pues el cosmopolitismo de Toronto carece obviamente del carácter rural del interior del país, por ejemplo. Tampoco pude contactar con los verdaderos nativos canadienses, los aborígenes, que aún sufren las consecuencias de la llegada y el poder establecido por los hombres blancos. No obstante, sí fui testigo de muchas de las peculiaridades del carácter canadiense, al cual me siento, como ya os podréis imaginar, muy unido.
Lo destaqué desde el primer momento y lo sigo destacando ahora porque es lo que más me impresionó y agradó: la diversidad, la multiculturalidad, el cosmopolitismo… llamadlo como queráis. Hace poco una chica canadiense se quejaba de que Toronto carecía de una cultura propia, que era “soso”, me decía. Yo le repliqué que me parecía que la cultura que tenía su ciudad era la suma de muchas otras que habían llegado de todas partes del mundo. Es cierto que carecen de la historia y la tradición de la Vieja Europa, pero en su heterogeneidad está su encanto. Canadá es un país que sigue (no como otros, aunque tampoco como antes) abriendo sus puertas y otorgando una segunda oportunidad a personas de todas partes del mundo que buscan vivir en paz, respetar y ser respetados. Es quizá por eso, por lo que, desde mi punto de vista, se han forjado tan firmemente las otras dos características que sorprenden de su carácter: la honestidad y la modestia.
Os confieso que perdí mi bolsa con todo dentro (medicación, gafas, dinero, tarjetas de crédito, identificación…) dos veces. Las dos veces apareció. Un amigo canadiense me contó que su padre se olvidó su Mac de tres mil dólares en la parada del autobús y el que lo encontró llamó para devolverlo. Y este mismo amigo canadiense entró al jardín de un desconocido a apagar un fuego que podría haber incendiado la casa. Todos estos ejemplos son aislados, sí, y también pasan cosas “malas”, evidentemente, pero la sorpresa con la que los canadienses reaccionan ante cualquier suceso que en España nos parecería algo “normal” muestra por qué Canadá es uno de los países más seguros del mundo. Ante esta observación, mi amigo me contestó que quizá se debía al origen inmigrante que tiene la mayoría de la población. Como dijimos arriba, gente que quiere vivir en paz, respetar y ser respetado, sean cuales sean sus orígenes y su cultura.
La otra característica de la personalidad canadiense es su modestia, y yo añadiría excesiva modestia. Lo fui notando desde el principio, cuando me presentaba a la gente, les decía mi nombre, de dónde venía y me preguntaban extrañadísimos: “¿por qué has venido a Canadá?”. ¿Os imagináis a un español, un francés, un italiano o, mejor aún, un estadounidense preguntando con extrañeza por qué has escogido su país? Los canadienses son muy modestos. Lo comentó un columnista estadounidense al escribir sobre las reacciones de los políticos canadienses durante la organización de los Juegos Olímpicos de Invierno. Stephen Harper y demás políticos y periodistas del país se congratulaban a su modo del éxito de los juegos, así como diciendo: “bueno… lo hemos hecho bien… pero tampoco deberíamos vanagloriarnos, porque no debemos caer en la soberbia”, etcétera, etcétera. Siguiendo con las generalidades, pues de eso hablo, un estadounidense cualquiera pensaría que sus juegos son los mejores juegos organizados en la historia de los juegos, aunque hubieran sido los peores. Y éste podría ser un factor que explicaría también la extrema modestia canadiense: su vecino orgulloso y chovinista. El columnista mencionado antes le decía a Canadá “you’re gorgeous, baby”, y de verdad que lo es.
Me alegro de haber vivido allí y sé que debo volver para seguir descubriendo los tesoros, sobre todo naturales, que aún me quedan pendientes. Como adelanto y despedida de esta etapa de mi vida, aquí os dejo un vídeo precioso y unas fotos que tomé por Kingston, Ottawa, Québec City y Thousand Islands.






Viaje por el Este de Canadá.

Kingston, cuyo ayuntamiento (arriba) fue el primer parlamento del país

Ottawa, capital of Canada. Arriba el Parlamento Canadiense

Québec City, preciosa, lo más europeo de Canadá

Upper Town of Québec City

Québec City es la única ciudad amurallada de Norteamérica

Thousand Islands es un conjunto de pequeñas islas en las que viven las gentes de Canadá y EE.UU, puesto que es frontera. En ellas también hay ricos que construyen castillos, como es el caso de la foto de arriba, propiedad del dueño de los Hoteles Astoria. Algunas islas pertenecen a Canadá y otras a EE.UU., de hecho, entre dos de ellas existe el puente peatonal internacional más pequeño del mundo: tres metros

See you soon, Canada

1 comentario:

27e dijo...

From the land of de lost
It's the Great White North!!!
I'm from Canada o-o-o Canada