viernes, 16 de abril de 2010

Fahrenheit 451. La distopía que quemó los libros

Llevaba tiempo queriendo leer este libro para por fin poder comparar los tres grandes clásicos de la literatura distópica: Un mundo feliz, de Aldous Huxley; 1984 de George Orwell, y Fahrenheit 451, de Ray Bradbury. Es curioso encontrar las múltiples similitudes entre ellos. Todos presentan una realidad basada en una felicidad generalizada pero falsa, producto de la acción del gobierno quien lo controla todo y a todos. Los protagonistas se enfrentan siempre a una serie de dudas existencias que les vuelven infelices y les hacen desafiar las normas sociales y legales.
Hace poco hice una investigación sobre los límites entre lo público y lo privado en nuestra sociedad actual. Uno de los pilares de nuestros sistemas democráticos es la diferenciación entre la esfera pública y privada. Según la teoría liberal y lo escrito en nuestras constituciones, todos tenemos derecho a disfrutar de nuestra vida privada sin ser objeto de arbitrarias persecuciones o interferencias gubernamentales. Con todas las bases de datos de que disponen nuestros gobiernos, con la impunidad que tienen las empresas para vendernos sus productos e investigarnos en nuestra intimidad y, sobre todo, nuestra aquiescencia a compartir nuestra vida privada a través de las nuevas tecnologías, parece que esa división entre público y privado está quedando cada vez más difusa. En estas novelas distópicas esa división ya es inexistente. Por suerte, aún estamos lejos del Gran Hermano Orwelliano o del Soma de Huxley, pero más nos valdría regular de nuevo la protección de nuestra vida privada. Pero volvamos a la ficción.
Sinceramente, de los tres, Fahrenheit 451 es el más flojo en lo que a literatura se refiere. No sé si ha sido la traducción, o es el estilo del autor, pero la prosa es empalagosa, repleta de símiles sin sentido y repeticiones que pretenden ser emocionales, pero que hacen la lectura lenta y, como digo, empalagosa.
La historia, por otra parte, es más que válida. Bradbury presenta unos EE.UU. en los que los ciudadanos están enganchados a sus televisores y pueden drogarse sin miedo a morir porque unos operarios cualquiera pueden renovarles la sangre y problema resuelto. El consumismo está por doquier y la vida es apacible, pese a que una guerra es inminente y a nadie le importa o sabe con seguridad si la hay o no. Lo más relevante de esta realidad es que los libros están prohibidos por ley, y para evitar que alguien pueda ser infeliz, pues los libros te hacen pensar y pensar puede llevarte a preguntarte la razón de las cosas, los bomberos se encargan de quemar a 451 grados Fahrenheit todos los libros que encuentran. De hecho, nadie sabe que antes los bomberos extinguían incendios en lugar de provocarlos. Guy Montag es un bombero que cree que es feliz hasta que conoce a alguien que vive más allá de la televisión gigante. Empieza a preguntarse el por qué de todo, y lee, y sigue preguntándose por qué, siendo consciente de todo lo que el hombre ha destruido.
Pese a que la humanidad nos equivoquemos una y otra vez, aún tenemos los libros para comprobar cómo hemos llegado hasta lo que somos hoy. No podemos dejar que la sabiduría de toda nuestra historia se pierda en pro de un progreso sin fundamento. Debemos leer, cuanto más y más variado mejor, y desafiar nuestra placidez preguntándonos si de verdad somos felices y si lo somos, a costa de qué o de de quiénes. Sólo nuestra capacidad de preguntarnos el porqué nos hace humanos. Sigamos leyendo, sigamos pensando.

La imagen es un fotograma de la polícula-adaptación que dirigió François Truffaut.

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