martes, 20 de abril de 2010

En memoria de José Luis Fernández Iglesias

Cuando lo vi "en acción" supe que tenía que conocerle, hacerle preguntas, aprender de él. Por aquel entonces estábamos enfrascados en el proyecto "Sin Barreras Para Todos", y él nos atendió de muy buena gana, nos apoyó y nos dio buenas ideas. Era un hombre activo, luchador y muy buena persona. Peleó toda su vida profesional como periodista por hacer de este mundo y de sus medios de comunicación un lugar más accesible y respetuoso para con las personas con discapacidad, algo que, desgraciadamente, parece difícil en la era de la inmediatez, la mediocridad y la apariencia. Pero no te preocupes, José Luis, lo conseguiremos.
Descansa en paz, amigo. Nunca olvidaremos tus consejos.
Se ha ido un buen profesional, pero sobre todo un gran ser humano.

Blog de José Luis Fernández Iglesias.

viernes, 16 de abril de 2010

Fahrenheit 451. La distopía que quemó los libros

Llevaba tiempo queriendo leer este libro para por fin poder comparar los tres grandes clásicos de la literatura distópica: Un mundo feliz, de Aldous Huxley; 1984 de George Orwell, y Fahrenheit 451, de Ray Bradbury. Es curioso encontrar las múltiples similitudes entre ellos. Todos presentan una realidad basada en una felicidad generalizada pero falsa, producto de la acción del gobierno quien lo controla todo y a todos. Los protagonistas se enfrentan siempre a una serie de dudas existencias que les vuelven infelices y les hacen desafiar las normas sociales y legales.
Hace poco hice una investigación sobre los límites entre lo público y lo privado en nuestra sociedad actual. Uno de los pilares de nuestros sistemas democráticos es la diferenciación entre la esfera pública y privada. Según la teoría liberal y lo escrito en nuestras constituciones, todos tenemos derecho a disfrutar de nuestra vida privada sin ser objeto de arbitrarias persecuciones o interferencias gubernamentales. Con todas las bases de datos de que disponen nuestros gobiernos, con la impunidad que tienen las empresas para vendernos sus productos e investigarnos en nuestra intimidad y, sobre todo, nuestra aquiescencia a compartir nuestra vida privada a través de las nuevas tecnologías, parece que esa división entre público y privado está quedando cada vez más difusa. En estas novelas distópicas esa división ya es inexistente. Por suerte, aún estamos lejos del Gran Hermano Orwelliano o del Soma de Huxley, pero más nos valdría regular de nuevo la protección de nuestra vida privada. Pero volvamos a la ficción.
Sinceramente, de los tres, Fahrenheit 451 es el más flojo en lo que a literatura se refiere. No sé si ha sido la traducción, o es el estilo del autor, pero la prosa es empalagosa, repleta de símiles sin sentido y repeticiones que pretenden ser emocionales, pero que hacen la lectura lenta y, como digo, empalagosa.
La historia, por otra parte, es más que válida. Bradbury presenta unos EE.UU. en los que los ciudadanos están enganchados a sus televisores y pueden drogarse sin miedo a morir porque unos operarios cualquiera pueden renovarles la sangre y problema resuelto. El consumismo está por doquier y la vida es apacible, pese a que una guerra es inminente y a nadie le importa o sabe con seguridad si la hay o no. Lo más relevante de esta realidad es que los libros están prohibidos por ley, y para evitar que alguien pueda ser infeliz, pues los libros te hacen pensar y pensar puede llevarte a preguntarte la razón de las cosas, los bomberos se encargan de quemar a 451 grados Fahrenheit todos los libros que encuentran. De hecho, nadie sabe que antes los bomberos extinguían incendios en lugar de provocarlos. Guy Montag es un bombero que cree que es feliz hasta que conoce a alguien que vive más allá de la televisión gigante. Empieza a preguntarse el por qué de todo, y lee, y sigue preguntándose por qué, siendo consciente de todo lo que el hombre ha destruido.
Pese a que la humanidad nos equivoquemos una y otra vez, aún tenemos los libros para comprobar cómo hemos llegado hasta lo que somos hoy. No podemos dejar que la sabiduría de toda nuestra historia se pierda en pro de un progreso sin fundamento. Debemos leer, cuanto más y más variado mejor, y desafiar nuestra placidez preguntándonos si de verdad somos felices y si lo somos, a costa de qué o de de quiénes. Sólo nuestra capacidad de preguntarnos el porqué nos hace humanos. Sigamos leyendo, sigamos pensando.

La imagen es un fotograma de la polícula-adaptación que dirigió François Truffaut.

sábado, 3 de abril de 2010

La Cuba que se reinventa sin cambiar

Parece un título algo contradictorio, pero cierto. Hace ya más de un mes (siento tanto retraso), cumplí uno de mis sueños: viajar a Cuba antes de que cambie a mejor o a peor. El país que me encontré fue más o menos el que me esperaba. Alegre, ansioso de vivir, relajado y culto. Mi viaje también fue como el que siempre había imaginado: mochilero, de casa en casa, de ciudad en ciudad y en contacto con los cubanos.
Salimos de Canadá en un vuelo fletado para alimentar a los más de cincuenta hoteles resort de Varadero. Canadá es el país que más turistas envía a la isla y, por supuesto, la mayoría de ellos ansían el buen tiempo, las playas y las fiestas. No les echo en cara el “perderse” la Cuba real, pues todo el mundo necesita desinhibirse de cuando en cuando en un ambiente completamente diferente al rutinario, aunque llegué a encontrarme a quien había ido más de cinco veces la isla y nunca había visitado (ni con la excursión que siempre ofrecen) La Habana. Pienso que esto es una pena, porque lo más auténtico de Cuba son los cubanos.
Sobre los habitantes de la isla diré que me encontré de tres clases: los que te ven como un fajo de billetes andante, y te dicen, y te ofrecen, y te venden, y te insisten, y te vuelven a insistir; los que están hartos de los turistas, normalmente en tiendas y lugares para cubanos donde no se esperan extranjeros, estos cubanos te contestan con monosílabos o te miran con cara de terminar con esto cuanto antes, y por último el grupo mayoritario (afortunadamente), el que sólo quiere vivir su vida lo más feliz posible: amables, considerados y contemplativos. Tal y como una de nuestras anfitrionas cubanas lo definió: “el cubano vive tranquilo, si tiene dinero se lo gasta, y si no, pues no se lo gasta. No se piensa en el futuro: sólo en el presente”, y añadió que eso de los planes de pensiones y demás en la isla suena a chiste.
Cuando el cubano decide trabajar lo hace, y para ello emplea su intelecto y su originalidad, de ahí que haya quien se gane la vida con oficios de lo más pintorescos. Dicen que la necesidad agudiza el ingenio, y yo añadiría que Cuba es su capital.
Otra de sus características como pueblo es que se ayudan mutuamente: “un amigo de un amigo me ha dicho que estaban buscando un chófer…”, “les llevaré al lago donde conozco un balsero que les puede hacer un buen precio…”, “¿la casa donde estuvieron les gustó? Déme su teléfono que voy a recomendarle la mía a esa señora…”. Y así, si encuentras a alguien de confianza (lo cual es fácil) sabes que te recomendará a su gente de confianza.
Los turistas somos la principal fuente de ingresos de la isla, y eso no hay que olvidarlo al estar allí. El gobierno cubano tuvo una gran idea al legalizar las casas-hostal, pero lo que se desconoce es que la póliza que han de pagar los cubanos que ofrecen su casa es de 200 dólares al mes por habitación (normalmente son dos), de ahí que los precios no sean tan baratos como se pudiera esperar. Lo curioso es que la ley excluye al hotelero Varadero de esta ventaja, ¿por qué será?
A la isla le falta de todo, alimentos, medicamentos… pero, según ellos, su problema es económico, no político. Hablé con un cubano en Varadero que me contó que lo que necesita el gobierno es reformar algunas cosas y deshacerse de las minucias, sin dejar de ser socialistas por ello. El hombre me explicó que el gobierno controla hasta las barberías, lo cual es un gasto de dinero y personal innecesario. “Que se ocupen de lo importante”, decía, y Cuba ha demostrado que en lo social ha sabido ofrecer todo lo que ha podido: educación obligatoria y gratuita (incluida la universidad), sanidad garantizada, vivienda garantizada y trabajo garantizado. Cuando le saqué el tema de la libertad de expresión ya no supo qué contestar, aunque sí que aseguraba que la mayoría de cubanos (y él) siguen apoyando lo que se consiguió con la Revolución, y por eso nadie rechista a los Castro, si bien es cierto que se espera que Raúl, cuando esté solo de verdad, lleve a cabo esas reformas que reclaman los cubanos. Se enorgullecía el hombre de que Cuba es más democrática que muchos estados que dicen serlo, pues el parlamento se forma desde cada distrito de cada barrio de cada ciudad, y no a través de campañas pagadas (y a escondidas) por grandes empresas que luego pedirán algo a cambio. La gente propone a sus representantes, y todos tienen derecho a poder presentarse. Argüía que en Cuba los diputados no son ricos, a diferencia de lo que ocurre en otros países. Sí que admitió que es discutible que el gobierno pueda modificar una ley a su antojo (como ocurrió, por ejemplo, con la de legalización de las casas-hostal, en la que el gobierno excluyó a Varadero).
He contado un poco de aquella grata y enriquecedora conversación porque entendí que, a gran escala, Cuba sólo sobrevivirá tal y como es si sigue el ingenio de sus habitantes y se reinventa sin cambiar, como hacen los cubanos para ganarse la vida. No obstante, tal y como es ahora, también debe cambiar en varios aspectos, pues la libertad de expresión es tan importante como el poder comer, trabajar, estudiar o recibir asistencia médica. Se necesita, además, un gobierno responsable, y errores como el que se cometió con Orlando Zapata son completamente inadmisibles.
Aparte de todo esto, la belleza de la isla la intentaré transmitir (como pueda) mediante las imágenes que tomé.


En Trinidad, precioso pueblo cubano. La gente se sienta y contempla

En Trinidad

En el mar Caribe
(sí, ese soy yo, a veces mi cámara hace locuras como sacarme bien)

Las cataratas de El Nicho (éstas son las pequeñas)

Plaza Mayor de Cienfuegos

El Templete, donde se fundó la ciudad de La Habana

La Bahía desde la casa donde nos alojábamos

La Plaza de la Revolución
(Che: "Hasta la victoria siempre", Camilo Cienfuegos: "Vas bien Fidel")

Monumento de banderas, para dejarle bien claro a los imperialistas quién manda en la isla

Por doquier

El malecón de La Habana, al fondo, el Fuerte Morro-Cabaña