lunes, 1 de febrero de 2010

Ensayo sobre la lucidez. Lo más hondo de nosotros y nuestras democracias

El mayor peligro de la democracia es que se puede destruir a sí misma, por ejemplo, si la inmensa mayoría de los electores decide votar a un partido antidemocrático, no acudir a las urnas o votar en blanco. Todas las opciones antes mencionadas son perfectamente democráticas y, lamentablemente, en la actualidad, con el desencanto político que se contagia por culpa de unos y otros, parece que no es tan improbable que algún día ocurra. Ojalá no.
En Ensayo sobre la lucidez, en un momento indeterminado, los ciudadanos de una indeterminada capital deciden motu proprio votar en blanco. El Partido de la Derecha obtiene un 8 % del total, el del Medio otro 8% y el de la Izquierda un 1%. El estupor y sobre todo miedo de la clase política se hace patente. Los gobernantes del país del Partido de la Derecha comienzan a hacer sus cábalas sobre las razones y concluyen, como no, que la situación es obra de un movimiento subversivo que está destruyendo los pilares más básicos del estado desde el corazón del mismo. Para erradicar esta situación, de nuevo, como no, el ejecutivo toma toda clase de iniciativas para descubrir falsos hechos y falsos culpables, lo cual es en sí antidemocrático. Creen en su superioridad moral, llegando incluso a abandonar a la capital a su suerte y declararle el estado de sitio, como si de una guerra se tratara. Evidentemente, ni se les pasa por la cabeza estar equivocados en sus tésis. En la novela todos los políticos, de izquierda a derecha y salvo excepciones, parecen estar cortados por el mismo patrón.
José Saramago vuelve a sorprender con un texto sagaz, duro, analítico y hasta cómico en algunos puntos, en el que, como es su costumbre, disecciona las características del ser humano, ridiculizándolo y honrándolo. La historia es casi un pretexto para ello. Al igual que en Ensayo sobre la ceguera, sus digresiones son igual de sugestivas que la propia narración. También, al igual que aquélla, ésta carece de una explicación para el comienzo de la narración, pues no se precisa; simplemente (!) la mayoría de ciudadanos de una capital optan cada uno por sus razones por hacer lo mismo que el resto: escoger la papeleta blanca. Lo relevante es lo que ocurre a raíz de ello.
Al leerlo esperaba que el final fuera igual de abrupto que en Ensayo sobre la ceguera, pero en este caso no llega ni a ser conclusivo del todo, lo cual me dejó un poco insatisfecho. No obstante, esta magnífica novela es de las que hurgan en lo más hondo de nosotros mismos, nos desarman y nos dejan con sentimientos agridulces. Una sensación única e impoluta al final no sería propia de Saramago.
Aunque no se pueda considerar enteramente como la segunda parte, recomendaría leer primero Ensayo sobre la ceguera y luego, quizá después de un tiempo, pasar a la lucidez.