lunes, 20 de diciembre de 2010

Contra la llamada "Ley Sinde"

En asuntos espinosos es importante comunicar las razones que llevan a un gobierno a legislar de una u otra manera. "Cuanto más complejo es un tema, más tiempo se ha de invertir explicándolo", dijo Rubalcaba el pasado 12 de diciembre en Valencia refiriéndose a la inminente reforma de las pensiones. En el asunto de Internet, las redes Peer to Peer, el pirateo, la propiedad intelectual, las descargas, la industria cultural... el gobierno socialista está perdiendo en todas y cada una de estas batallas (/debates) en lo que a opinión pública se refiere. ¿De verdad alguien cree que los internautas no se van a dar cuenta de una disposición final que les atañe? ¿De verdad alguien cree que no se van a movilizar a través de las redes sociales? ¿Alguien de verdad cree que un comunicado puede competir contra cientos de blogs y comentarios? Si el Gobierno hubiese planteado un debate serio sobre el asunto la beligerancia de los internautas habría sido diferente (y la que les puede caer). Ahora la impresión que se tiene en la red es que se llama Ley Sinde, o Sindescargas, que la ha redactado el gobierno de EE.UU. y la industria de copias y que se ha eludido el debate incluyéndola en una disposición final que debe ser aprobada por una comisión de ocho diputados.
Hasta aquí el análisis comunicativo. Por lo que sé, por lo que pienso, por lo que se me ha comunicado y por lo que me he informado, mi conciencia me dicta estar en contra de la Disposición Final Segunda de la Ley de Economía Sostenible y así se lo he hecho constar a los siguientes diputados:

Si estáis en contra -o a favor- hacédselo saber.

¿Alguien puede rebatir algo de lo que explica Antonio Delgado en esta impresionante y clarificadora entrada de su blog?

Como diría cualquiera con dos dedos de frente, no está el horno para bollos. Y no será el tema decisivo en las próximas elecciones, pero sí puede restar ese voto joven que los partidos (y sobre todo el PSOE) quieren ganarse cuando se hacen un perfil en alguna red social. A los ojos de los internautas, sus representantes son unos analfabetos de la web 2.0 y la colaborativa.

martes, 7 de diciembre de 2010

China y sus contrastes

Es natural, cuando uno sale de “Occidente” tiene la esperanza de encontrarse algo completamente diferente que añada ese toque mágico (¿exótico?) al viaje, y al mismo tiempo, cuando se está allí durante un tiempo, en algún momento siempre se acaba mirando con la perspectiva occidental desde lugares que se acercan a lo occidental. Me explico: uno viaja a China 21 días con un grupo grande y al final la voluntad colectiva es encontrar la típica hamburguesería de la M y viajar con la comodidad con la que lo hacemos por aquí.
China, o más bien la pequeñísima parte de China que visitamos durante tres semanas nos sorprendió para bien y para mal; en especial por sus contrastes. Contrastes entre las grandes urbes y el interior, entre las ciudades y entre los habitantes de una misma población. En Shanghai pasamos casi inadvertidos en una ciudad cosmopolita, llena de occidentales y con aspecto y pretensiones occidentales. Por el contrario, en un pueblo del interior donde paramos a comer los locales nos miraban fijamente por ser los primeros “narizotas” (así nos llaman) que veían fuera de sus pantallas de televisión. Allí y en lugares turísticos como la Ciudad Prohibida nos pedían fotos como si fuéramos alguien especial y se lo pasaban pipa viendo cómo intentábamos comer con palillos o asimilar sus costumbres y lenguaje.
Es una de las peculiaridades de los chinos, el mirar fijamente pero sin ánimo de ofensa o desprecio, simplemente por curiosidad. Otra de sus características como pueblo, además de su sufrido espíritu del trabajo, es que son en general amables y atentos con el extranjero, lo cual ayuda a resolver situaciones en las que incluso los gestos tienen un significado diferente.
Volviendo a los contrastes, donde más los apreciamos fue en Beijing. Nos alojábamos en un hotel de un hutong (callejón) que bien podría representar lo que es China en la actualidad. Una calle larga pero estrecha, casi sin aceras, con un tráfico descontrolado y peligroso en la que nos encontrábamos un edificio estatal con muchísimos policías, mercadillos, nuestro hotel, unos servicios públicos que provocaban repulsión con sólo mirarlos, gentes haciendo barbacoa en medio de las calles, otros comiendo en el suelo mientras escuchan música en una especie de iPhone, bicicletas, motos eléctricas, coches Audi relucientes y carritos de llevar a turistas. Cada cual en su sentido, de aquí para allá. La pequeña parte de China que visitamos en buena medida nos pareció como nuestra calle, un país con un desarrollo increíble, pero irregular. Un gran amigo mío lo expresó de esta manera: “es un país que ha crecido en 30 años, lo que al resto nos costó siglo y medio”. Y ahí está uno de sus problemas, su población ha tenido que aprender y modificar sus hábitos tan rápidamente, que es normal ver a alguien en condiciones insalubres comiendo en el suelo y escuchando música en un iPhone.
He aquí otro ejemplo. Cuando quisimos viajar por el interior del país para visitar Pingyao (precioso, pro cierto) y Xi’an (a la que no fuimos al final) entre otras ciudades, nos quedamos sin billetes de tren y tuvimos que comprar para penúltima clase. En cuanto a transporte sobre raíles, el país pseudocomunista tiene cuatro clases de billetes: litera blanda, litera dura, asiento blando, asiento duro y sin asiento. Pues bien, nosotros quisimos litera blanda dado que viajábamos durante 12 horas, pero por inocentes nos quedamos con asiento duro y al llegar al vagón de unos 150 asientos, nos encontramos con 250 o 300 pasajeros y repleto de bolsas hasta el techo. Fue una experiencia única que personalmente no cambiaría. En mi sección de seis asientos íbamos once, dos bebés incluidos. Uno de los niños se meó en el pasillo y a una mujer se le escapó un conejo. La gente fumaba entre vagones y aunque eran decenas los que se sentaban y hasta dormían como podían en los pasillos, el carrito de sopas pasaba una y otra vez. El contraste lo vivimos en Shanghai, donde cogimos uno de los trenes más rápidos del mundo, el MagLev, un tren que con magnetismo levita sobre las vías y alcanza los 430 km/h. La comparación entre un viaje y otro no tiene desperdicio.
Una amiga china me contó que el trasporte sigue siendo una de las asignaturas pendientes para su país, porque el desplazamiento de un país con 1.600 millones de habitantes es muy difícil, y más si a estos se añade la necesidad de contentar a los turistas que llegan a los grandes eventos como son las Olimpiadas o la Expo.
En cuanto a lo cultural es un país que sorprende y emociona. Su historia milenaria parece no tener límite y el florecimiento de nuevos artistas en grandes urbes como Shanghai o Hong Kong es (casi) imparable. Lo lamentable es que el progreso apresurado que están llevando a cabo emponzoña los tesoros que guarda el país. Me refiero a la angustiosa contaminación de Beijing, la masificación turística de ciertos tramos de la Gran Muralla, la canalización de lo propio para hacerlo agradable al turista etc.
Me llevé gratos recuerdos de China y sus gentes, pero también, y por contraste(s), alguna que otra pena.

Por cierto, Escribo estas líneas ahora, no sólo porque entonces no me apeteciera, sino también porque no podía. Ni Blogger, ni Facebook... casualmente Tuenti sí, y Google a veces, porque casualmente se colgaba siempre que buscabas Tian'anmen. Os dejo con las imágenes y alguna curiosidad.

Entrada a la Ciudad Prohibida, "pequeña" morada de las dinastías Ming y Qing. Se decía que tenía 9.999 habitaciones, porque sólo el Cielo tiene 10.000. En realidad tenía ocho mil y pico.
Por cierto: 9 = número imperial, 8 = buena suerte -de ahí lo de los JJ.OO. del 8 del 8 a las 8:08 del 2008, 4 = mala suerte -los números con muchos cuatros son más baratos-. Nótese la contaminación y la masificación turística a la que hacía referencia arriba

Excursión al lago de Baiyangdian, el día más caluroso de toda nuestra vida. Un mar de nenúfares y salpicado de flores de loto

El Templo del Cielo, aunque su nombre real es "Sala de la Oración para las Buenas Cosechas". El edificio se reconstruyó en el siglo XIX, y pese a haberlo hecho con madera no hay ni un sólo clavo. De lo que más me gustó de China. Todo son símbolos, cuatro pilares por las cuatro estaciones, doce pilares exteriores por los doce meses etc.

El Teatro Nacional, conocido como "la perla" por aquellos a los que les gusta, y "el huevo" por los que no. Diseñado por el arquitecto francés Paul Andreu. Ejemplo de la China moderna y a la última

En el parque de Beihai, uno de los más bellos que visitamos. Vemos el puente a la Isla de Jade, en la que encontramos en lo alto la Dagoba Blanca, templo tibetano construido en el siglo XVII en honor al quinto Dalai Lama

Buda de Maitreya, en el Templo de los Lamas, 18 metros de altura, una única pieza de madera de sándalo, impresionante

La Gran Muralla, se empezó a construir algunos tramos en el VI a.C., pero fue sobre todo el primer emperador Qin Shi Huang quien se puso más serio en lo de matar a la gente a trabajar para defenderse de los norteños de la zona. Trabajaron y murieron 500.000 chinos. Durante la dinastía Ming se mejoró y lo que queda hoy es sobre todo de aquella época. La Gran Muralla, a pesar de su fama, no es la única construcción que se ve desde el espacio. Esta es una de las mejores campañas de publicidad hecha por un estado. Otro de los falsos mitos es que es continua. En realidad aprovecha montañas y barrancos para aparecer y desaparecer. Se comunicaban mediante las torres con señales de humo

Templos taoistas en las montañas de Jeisiu

Y del interior más salvaje...

... a la modernidad más salvaje de la gran urbe de Shanghai

El Pudong, la zona de rascacielos... ¿estamos en China?

Salir adelante

lunes, 6 de diciembre de 2010

Maquis. De la memoria y el miedo

Abro el libro por quinta página y me encuentro con lo más personal de sus páginas, la dedicatoria de quien me lo regaló. La releo y redescubro el percance que sufrió cuando el agua penetró a través de su celulosa un desafortunado día. Un borrón del mismo verde que la tinta con la que se escribieron estas palabras impide saber quién me regaló este libro y con qué motivo. Obviamente yo lo sé porque me acuerdo. Sé que la "F..." que se adivina pertenece a feliz y el “…ump…” a cumpleaños, pero lo que es completamente ilegible son las tres palabras finales, las dos más sentidas y la firma. ¿Y si algún día mis recuerdos se tergiversan con el tiempo y acabo atribuyendo este regalo a otra persona o, peor incluso, se me olvida quién fue?
La memoria es caprichosa, tan pronto nos protege de los recuerdos desafortunados, como nos amarga o alegra la existencia con sus continuas reminiscencias. Y no sólo es caprichosa, también es inexacta e incompleta. Recordamos pequeñas escenas de nuestras vidas, que encadenamos sin importarnos tiempo ni espacio. De ahí que cuando hablamos de memoria colectiva es aún más complejo si cabe estructurar un relato para todos.
Alfons Cervera, en su novela Maquis, ha plasmado en papel y con emotiva prosa la memoria de su tierra (comarca de Los Serranos) sobre una época gobernada por el miedo: la posguerra civil española, en la que la crueldad y el odio de los vencedores, y la rabia y desesperación de los vencidos, les llevó a estos últimos a trasladar la contienda a los montes y a las estratagemas. En un pueblo pequeño como los Yesares el miedo era cosa de todos, aunque más de unos que de otros. Si a la memoria colectiva sumamos el miedo de quien recuerda tendremos un mosaico al que deberemos mirar en perspectiva para comprender.
Esta es la gran magia de Maquis, el autor ha sabido reflejar cómo es la memoria colectiva, con su subjetividad, sus miedos, su complejidad, su ilinealidad etc. El lector encontrará que anda perdido al principio, los personajes se mezclan, se confunden, uno no sabe de quién habla quién, pero poco a poco del mosaico va apareciendo una estampa gris, violenta y triste, en la que era bien difícil ser feliz. Una época que no debemos olvidar, por muy difícil que nos resulte recordar, porque quizá el tiempo nos tergiverse la memoria o, incluso peor, olvidamos quién sufrió qué a manos de quién, y jamás se haga justicia, aunque sea moral.
Además, “al final no nos queda más que la memoria… y debemos cuidarla”.

Maquis es la segunda novela de una trilogía formada por El color del crepúsculo y La noche inmóvil sobre la guerra y posguerra española en la comarca natal del escritor valenciano

domingo, 5 de diciembre de 2010

Noruega, entre aguas y montañas

No sé por qué, pero al llegar a Noruega me esperaba encontrar un tren de alta o altísima velocidad que me llevara de Oslo a Bergen, mi destino principal, en un santiamén, sin embargo, y pese a que el tren contaba con todas las comodidades occidentales, el trayecto nos costó más de seis horas. La razón la tuve presente durante todo el viaje al otro lado de la ventanilla: unos paisajes naturales de ensueño. La población noruega sabe que su tesoro más preciado (aparte del petróleo) es la naturaleza, a la que han sabido respetar y de la que sacan beneficio con el turismo medioambiental que tanta falta hace que se extienda. El tren serpenteaba entre lagos impolutos, montañas abruptas, valles escarpados y, como no, fiordos. Todo ello siempre iluminado por el sol noruego, que en verano parece que se anima y duerme sólo una hora al día, de 3 a 4 de la madrugada (que no noche).Con esta claridad continua era previsible vernos pescando en un fiordo hasta la una, acabar fiestas con un sol de justicia por todo lo alto, dormir hasta las tres del mediodía y comer a las siete de la tarde… Debe de ser aún más impactante –para nosotros- vivir la estación opuesta en oscuridad y frío, mucho frío.
En nuestro caso, el tiempo, aunque lluvioso (Bergen es la ciudad con más precipitaciones de Noruega) nos permitió disfrutar de los paisajes de la ciudad pesquera por excelencia, así como de los fiordos cercanos por los que navegamos entre montañas. Sorprendía ver alguna que otra casa instalada como refugio allá donde ni te podías imaginar cómo habrán podido transportar los materiales para construirla. Por lo oído, y con respecto a este tema, al parecer el gobierno noruego subvenciona a los ciudadanos que mantienen su vivienda en “el campo” y les aseguran que todas sus necesidades estarán cubiertas.
Es admirable el nivel de bienestar de estos países nórdicos a los que siempre ponemos como ejemplo. También es cierto que su presión fiscal es mucho mayor, la vida es cara, que tienen el gran recurso natural del petróleo y que son sólo cuatro millones de habitantes. No obstante, todo esto no quita para que trabajemos por intentar instaurar una socialdemocracia parecida. Personalmente lo preferiría, aunque hay que ser realistas y contextualizar cada situación y cada objetivo. Su alto nivel de vida ahoga a los erasmus españoles a los que visitamos, pero les toca un premio gordo si encuentran un trabajo, que siendo el menor remunerado seguro que supera los mil euros. De hecho, encontramos por allí mucho español trabajando en el famoso Fish Market de Bergen: cuatro o cinco meses de cortar filetes de ballena o salmón y el resto del año para dispendios.
Bergen es una ciudad marinera, sí, entrada de cruceros que buscan fiordos, pero también con su gusto por la montaña. Como Roma, fue asentada sobre siete colinas y la ciudad se extiende a sus anchas sobre éstas. De hecho, un día al año sus gentes se entretienen subiendo a las siete cumbres en un maratón de montañismo que practican en familia, tal es su afición por la naturaleza y aprovechar el buen tiempo -cuando lo tienen-.
De Oslo no puedo decir mucho más que las primeras impresiones que puede dar el centro de una capital de estado, con su pompa y su realeza, y su gusto por el arte y lo innovador mezclado con siglos de historia. Dejemos que las imágenes ilustren, mientras suena la música del compositor noruego Edvard Grieg (seguro que conocéis su música), quien se preparó una caseta para componer con vistas a un fiordo en Bergen donde también quiso ser enterrado. El lugar no podría ser mejor.




Bergen desde lo alto del Floyen, una de sus siete colinas. Es impresionante cómo el agua se enlaza con la tierra

El Bryggen, antiguas viviendas de comerciantes hechas de madera. Consideradas Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO


Impresionante cascada en medio de una ruta turística. Me sorprendió que nos ofrecieran una "actuación sorpresa" de una especie de elfa que aparecía y desaparecía por la colina que queda a la derecha. Esa clase de espectáculo tan disneylándtico y con tanta megafonía no me lo esperaba por su parte...

Aldeas en medio de alguna parte

Navegando por los fiordos de Aurlandsfjorden y Naeroyfjorden

ÍdemIglesia Vikinga de Bergen

Estado del Bienestar, pero no el paraíso terrenal. También tienen sus problemas

sábado, 4 de diciembre de 2010

Coger impulso

Antes de retomar la actividad del blog siento que debo pedir disculpas (de nuevo) por mis ausencias. La vida funciona muchas veces a rachas y a modas, y hay veces en las que necesitas escribir lo que piensas y otras en las que la pereza te lleva a expresarte por otros canales o simplemente guardarte tus pensamientos para ti.
Por ahora mi deseo es mantener este espacio virtual, no sólo por quienes me seguís (si es que quedáis alguno, mil gracias), sino por mi propio interés también. He decidido desentumecer los dedos y las palabras y retomar la escritura. La idea es recordar algunos viajes y algunas novelas que me dejé en el tintero de la vagancia de la página en blanco y preparar un nuevo blog para el año venidero: nuevo diseño, un dominio propio, más widgets, nuevos enlaces… más que por la apariencia, por la motivación de darle un empujón y continuidad a mi diminuta aportación a la red. Ya os iré informando, pero antes de hablar del futuro, voy a pensar en el pasado para coger impulso.

domingo, 12 de septiembre de 2010

La París de los rincones

Cuando uno está allí comprende con facilidad por qué se ha ganado la fama de ser la ciudad (seguro una de las ciudades) más bella del mundo. París está llena de encanto, de historia, de leyendas, de arte, de literatura, de modernidad y de respeto al pasado; del mismo modo que también lo está de los lujos desorbitados, las excentricidades y las miserias de una gran metrópolis como cualquier otra.
Es natural enamorarse de París y desear vivir en el barrio Latino, a la vera del Sena o en el pintoresco Montmartre, aunque supongo que el hecho de vivir siempre rodeado de ese encanto y del bullicio de la gran urbe también puede provocar el hastío o la relación de amor-odio con la ciudad. Yo como visitante quedé maravillado.
Dejando a un lado los grandes monumentos y edificios, París tiene lo que con tanta ansia buscaba en Toronto: rincones que cuentan la vida de la ciudad, su larga historia, los logros de sus hijos -locales y adoptivos-, los fracasos y las victorias de su gente, la cultura del país y el amor y desamor de su pueblo. Recuerdo, por ejemplo, que uno de mis rincones favoritos fue el barrio de Corvisart, no siempre en todas las guías, ejemplo de típico barrio parisino que quedó atrapado entre las grandes avenidas llegadas con el "progreso", y que tiene la apariencia de un pequeño pueblo. En este barrio viví la Fiesta de la Música, una de las noches más interesantes de la capital francesa, en la que los músicos toman las calles y presentan sus canciones en directo, mientras tú paseas sin rumbo escuchando aquí y allá sin saber la música que te recibirá en la siguiente calle o plaza.
Y es que París es una ciudad para pasear, para callejear y perderse. La palabra flâneur, cuyo significado es paseante, se ha utilizado también para describir a aquellos que, como Cortázar, vagaron solos y sin destino aparente descubriendo esos rincones de la ciudad que les inspiraban.



Muchos han sido los rincones a los que me gustaría regresar, aquí os dejo algunos en imágenes.

Teatro de la Huchette, creado en 1948, sigue representando con miembros de la primera compañía que actuó las obras "La Cantatrice Chauve" y "La Leçon" de Eugene Ionesco. Es un rincón obligado para quien le guste el teatro de lo absurdo, de lo muy absurdo. Casi en contacto con los actores y su diminuto escenario, pues la sala es diminuta, asistimos a la representación de "La Lección". Genial

Uno de mis rincones -medio-turísticos- favoritos. Shakespeare & Company, una librería a la antigua, con columnas y estanterías rebosantes de libros en inglés, en la que los escritores se reunían para hacer sus tertulias y lecturas, mientras alguno tocaba el piano, hasta que el sueño apretaba y se quedaban a dormir allí mismo


Vista del Sena desde el Pont des Arts, donde se reúne la juventud y ¿la bohemia?

Fuente de Polifemo y Galatea en los Jardines de Luxemburgo


La Opera Garnier es el edificio más bello y más representativo del lujo al que aspiraba Napoleón III


Las Ninfeas de Monet. De los cuadros más impresionantes que he visto en mi vida. Musée de l'Orangerie


Notre Dame desde un pequeño parque del cual no recuerdo el nombre, pero perfecto para descansar del frenesí turístico que ronda por la zona

jueves, 26 de agosto de 2010

Rebelión en la granja. Decirle a la gente lo que no quiere oír

En la edición que leí, o mejor dicho, escuché de Rebelión en la granja de George Orwell se incluía un prólogo que no solía publicarse en anteriores ediciones. Se titulaba "Sobre la libertad de prensa" y, tal y como argumentaba el prologuista que prologaba el prólogo (!), bien se hizo en no incluirlo pues su estilo e intención chocaban frontalmente con el carácter sencillo y didáctico de la fábula que tan duramente criticaba el régimen dictatorial soviético en tiempos de Stalin. En el prólogo no editado, Orwell defendía su derecho a publicar esta obra, la cual sufrió el rechazo de varios editores y de la propia sociedad británica en tiempos de la II Guerra Mundial ya que, por aquel entonces, y pese a que el sistema político de Rusia distaba mucho del de Inglaterra, Stalin era un "aliado" contra el nazismo alemán. Orwell, en su prólogo y a modo de columna de opinión, arguía que "si libertad significa algo será, sobre todo, el derecho de decirle a la gente aquello que no quiere oír", lo cual nos lleva, como todas las grandes reflexiones, a trasladarla a nuestros días, en los que tan críticamente se ataca al régimen cubano y tan someramente al chino y a otros regímenes dictatoriales "amigos".
En la fábula se cuenta la historia de la revolución bolchevique, así como su degeneración y barbaries, a través del paralelismo con una granja controlada al principio por un granjero cruel (el zar) contra el que los animales se sublevan, inspirados por un cerdo mayor (Lenin). Los cerdos son los principales artífices de la revuelta, y de entre ellos destacan dos, Snowball y Napoleón. Asimismo, otros animales tienen sus equivalentes en la historia rusa: el caballo, infatigable trabajador por el régimen, quien representa al proletariado; el burro, el más intelectual de todos que permanece callado a todo lo que acontece; las ovejas, que con sus balidos acríticos representarían a la población más manejable por el régimen; los perros, violentos defensores del poder a modo de policía, o el cuervo, distribuidor del opio del pueblo con sus charlas sobre un supuesto cielo de animales con montañas de terrones de azúcar y que al principio es desterrado de Granja Animal y al final bienvenido de nuevo.
En la obra se relata cómo Napoleón (Stalin) trama su ascenso al poder y la destrucción de Snowball (Trotsky), transformando su régimen, mediante la manipulación de los animales y hasta de su propia historia, convirtiéndose así en un dictador sangriento y megalómano que acaba por no poder distinguirse de aquel al que con tanta ilusión y esperanzas los animales vencieron en su búsqueda de una granja mejor.
Simplemente genial.
La manipulación en tiempos de Stalin (¡y sin Photoshop!). Arriba foto con Trostky, abajo la "oficial" que publicó el régimen stalinista

miércoles, 25 de agosto de 2010

La metamorfosis. ...

Muchas son las interpretaciones que ha suscitado La metamorfosis de Franz Kafka, y ninguna ha ido considerada más válida que otra. Compartiendo aquí la sabiduría de una de mis mejores amigas, Yasmina Yousfi, a la cual quiero tanto como admiro, una de las tesis sobre el significado de la obra más nombrada de Kafka es, precisamente, que no existe ninguna intención por parte del autor.
En el relato, Gregorio Samsa se convierte en un insecto gigante que, sin especificarlo, todos representamos como una cucaracha. Gregorio es vendedor ambulante y el sustento económico de sus padres y su hermana. Durante la mañana de su mutación, Gregorio se preocupa más por superar el trance de levantarse de la cama e irse corriendo a trabajar que por la transformación que está sufriendo su cuerpo, de aquí que, al menos al principio, pensara que el autor se iba a centrar en la “alienación” del trabajador o similares. Sin embargo, el desarrollo de la obra deja a un lado esta rama y se centra en las relaciones de dependencia, de hastío, de preocupación por el futuro y de alivio cuando todo acaba. En tan sólo dos habitaciones el transcurso de la historia nos deja al final con un sabor agridulce que va de la lástima al descanso.
Libro genial, sin duda, puesto que despierta sensaciones y emociones. ¿El significado? No siempre tiene que haber una explicación para todo, y mucho menos para el arte.

lunes, 7 de junio de 2010

El guardián entre el centeno. Comprender a Holden

He de confesar que fue la curiosidad lo que me llevó a leer este libro, y destaco lo de curiosidad porque no tenía la más mínima idea de qué trataba la novela. Lo único que sabía era que es un libro que por lo visto ha “inspirado” u “obsesionado” a muchos asesinos, y que es uno de los mejores del siglo XX para Javier Marías. Nada más. No sabía qué me iba a encontrar, lo cual no me pasaba con un libro desde hacía tiempo, ya que más o menos siempre sabes algo, aunque sólo sea por la simple recomendación de tu amigo, la sinopsis de la contraportada o la Wikipedia. Esta vez iba completamente a ciegas y el descubrimiento fue casi tan emocionante como la novela en sí.
Jeromy David Salinger nos presenta en primera persona a Holden Caulfield, un adolescente que, como tantos otros en todas partes del mundo y en todas las épocas, se siente solo y desorientado. Casi nada le motiva; es un travieso que no quiere adaptarse a un mundo que desprecia por mil y una razones, algunas más serias que otras; sus pensamientos vuelan hacia el sexo, el tabaco y al alcohol; tiene miedos y sueños irrealizables y lo único que le merece la pena en la vida es el amor por su hermana pequeña.
Hasta aquí y dicho así, podría pensarse que es algo simple, nada más lejos de la realidad. El modo en el que está escrita esta novela, el realismo de entrar al desorden de la mente de un adolescente inteligente y solitario es magistral, con el mérito añadido de hacerlo así, sin tapujos, en el 1951 estadounidense. Las inquietudes, las rarezas, la sensación de incomprensión de Holden, más que explicarse, se sienten, se desprenden de sus palabras y expresiones plagadas de un humor ácido que engancha y esconde una crítica mordaz a las falsedades del mundo de los adultos. Un mundo al que le están obligando a pertenecer insistiéndole en que debe asentar la cabeza, comportarse como toca, dejar de soñar y aplicarse, decidir de qué quiere trabajar y todos los etcéteras que puedan soltársele a un “bala perdida” de diecisiete años, que en realidad lo que quiere es vigilar que los niños que juegan en un campo de centeno no se caigan por el abismo.
Hay mucha tristeza y profundidad en este relato, el cual no tiene un final completamente cerrado en el que el protagonista ha llegado al punto B desde A, para nada. La voz de Holden nos sirve para conocer la riqueza del mundo interior de éste hasta sufrir su incomprensión, su soledad, sus ansias por sentirse parte de algo y su desesperación por no saber de qué. La fuerza y complejidad de este personaje es lo apasionante de El guardián entre el centeno.
Por último, el texto literariamente es impecable, incluso leyéndolo traducido se aprecia. Por eso se ha convertido en uno de esos libros que me gustaría releer en su lengua original, para seguir escuchando a Holden, para seguir intentando comprenderle.

No sólo ha inspirado a asesinos, también a músicos, como el grupo Guns'n'Roses


lunes, 31 de mayo de 2010

Goodbye, Canada!

Como cantaban Los Módulos, todo tiene su fin, la cuestión es si llega en el momento adecuado.
Escribo estas líneas casi un mes después de mi accidentada vuelta a España, pero mi “periplo” por Canadá merecía unas últimas reflexiones públicas. Una de las razones por las que no he escrito es por las prisas de terminar la carrera de periodismo que no quiero de ninguna manera alargar un año más por tres asignaturas “descolgadas”. El estrés de ponerme al día y las ganas de reencontrarme con gentes y sabores me han aliviado el retorno a los escenarios de siempre y la certeza de saber que los de allá nunca más se volverán a repetir de la misma forma. Sí he padecido, pues, el todavía no reconocido científicamente “síndrome post-erasmus”, pero también tengo la certeza de que el tiempo que he disfrutado en Canadá ha sido el adecuado.
Tuve la oportunidad de hacer un último gran viaje por la zona este del país, del cual doy cuenta abajo, y en mis ocho meses también tuve tiempo suficiente para comenzar a querer al país y a su gente. Es verdad que las zonas por las que me he movido no son representativas de la totalidad del segundo país más grande del mundo, pues el cosmopolitismo de Toronto carece obviamente del carácter rural del interior del país, por ejemplo. Tampoco pude contactar con los verdaderos nativos canadienses, los aborígenes, que aún sufren las consecuencias de la llegada y el poder establecido por los hombres blancos. No obstante, sí fui testigo de muchas de las peculiaridades del carácter canadiense, al cual me siento, como ya os podréis imaginar, muy unido.
Lo destaqué desde el primer momento y lo sigo destacando ahora porque es lo que más me impresionó y agradó: la diversidad, la multiculturalidad, el cosmopolitismo… llamadlo como queráis. Hace poco una chica canadiense se quejaba de que Toronto carecía de una cultura propia, que era “soso”, me decía. Yo le repliqué que me parecía que la cultura que tenía su ciudad era la suma de muchas otras que habían llegado de todas partes del mundo. Es cierto que carecen de la historia y la tradición de la Vieja Europa, pero en su heterogeneidad está su encanto. Canadá es un país que sigue (no como otros, aunque tampoco como antes) abriendo sus puertas y otorgando una segunda oportunidad a personas de todas partes del mundo que buscan vivir en paz, respetar y ser respetados. Es quizá por eso, por lo que, desde mi punto de vista, se han forjado tan firmemente las otras dos características que sorprenden de su carácter: la honestidad y la modestia.
Os confieso que perdí mi bolsa con todo dentro (medicación, gafas, dinero, tarjetas de crédito, identificación…) dos veces. Las dos veces apareció. Un amigo canadiense me contó que su padre se olvidó su Mac de tres mil dólares en la parada del autobús y el que lo encontró llamó para devolverlo. Y este mismo amigo canadiense entró al jardín de un desconocido a apagar un fuego que podría haber incendiado la casa. Todos estos ejemplos son aislados, sí, y también pasan cosas “malas”, evidentemente, pero la sorpresa con la que los canadienses reaccionan ante cualquier suceso que en España nos parecería algo “normal” muestra por qué Canadá es uno de los países más seguros del mundo. Ante esta observación, mi amigo me contestó que quizá se debía al origen inmigrante que tiene la mayoría de la población. Como dijimos arriba, gente que quiere vivir en paz, respetar y ser respetado, sean cuales sean sus orígenes y su cultura.
La otra característica de la personalidad canadiense es su modestia, y yo añadiría excesiva modestia. Lo fui notando desde el principio, cuando me presentaba a la gente, les decía mi nombre, de dónde venía y me preguntaban extrañadísimos: “¿por qué has venido a Canadá?”. ¿Os imagináis a un español, un francés, un italiano o, mejor aún, un estadounidense preguntando con extrañeza por qué has escogido su país? Los canadienses son muy modestos. Lo comentó un columnista estadounidense al escribir sobre las reacciones de los políticos canadienses durante la organización de los Juegos Olímpicos de Invierno. Stephen Harper y demás políticos y periodistas del país se congratulaban a su modo del éxito de los juegos, así como diciendo: “bueno… lo hemos hecho bien… pero tampoco deberíamos vanagloriarnos, porque no debemos caer en la soberbia”, etcétera, etcétera. Siguiendo con las generalidades, pues de eso hablo, un estadounidense cualquiera pensaría que sus juegos son los mejores juegos organizados en la historia de los juegos, aunque hubieran sido los peores. Y éste podría ser un factor que explicaría también la extrema modestia canadiense: su vecino orgulloso y chovinista. El columnista mencionado antes le decía a Canadá “you’re gorgeous, baby”, y de verdad que lo es.
Me alegro de haber vivido allí y sé que debo volver para seguir descubriendo los tesoros, sobre todo naturales, que aún me quedan pendientes. Como adelanto y despedida de esta etapa de mi vida, aquí os dejo un vídeo precioso y unas fotos que tomé por Kingston, Ottawa, Québec City y Thousand Islands.






Viaje por el Este de Canadá.

Kingston, cuyo ayuntamiento (arriba) fue el primer parlamento del país

Ottawa, capital of Canada. Arriba el Parlamento Canadiense

Québec City, preciosa, lo más europeo de Canadá

Upper Town of Québec City

Québec City es la única ciudad amurallada de Norteamérica

Thousand Islands es un conjunto de pequeñas islas en las que viven las gentes de Canadá y EE.UU, puesto que es frontera. En ellas también hay ricos que construyen castillos, como es el caso de la foto de arriba, propiedad del dueño de los Hoteles Astoria. Algunas islas pertenecen a Canadá y otras a EE.UU., de hecho, entre dos de ellas existe el puente peatonal internacional más pequeño del mundo: tres metros

See you soon, Canada

martes, 20 de abril de 2010

En memoria de José Luis Fernández Iglesias

Cuando lo vi "en acción" supe que tenía que conocerle, hacerle preguntas, aprender de él. Por aquel entonces estábamos enfrascados en el proyecto "Sin Barreras Para Todos", y él nos atendió de muy buena gana, nos apoyó y nos dio buenas ideas. Era un hombre activo, luchador y muy buena persona. Peleó toda su vida profesional como periodista por hacer de este mundo y de sus medios de comunicación un lugar más accesible y respetuoso para con las personas con discapacidad, algo que, desgraciadamente, parece difícil en la era de la inmediatez, la mediocridad y la apariencia. Pero no te preocupes, José Luis, lo conseguiremos.
Descansa en paz, amigo. Nunca olvidaremos tus consejos.
Se ha ido un buen profesional, pero sobre todo un gran ser humano.

Blog de José Luis Fernández Iglesias.

viernes, 16 de abril de 2010

Fahrenheit 451. La distopía que quemó los libros

Llevaba tiempo queriendo leer este libro para por fin poder comparar los tres grandes clásicos de la literatura distópica: Un mundo feliz, de Aldous Huxley; 1984 de George Orwell, y Fahrenheit 451, de Ray Bradbury. Es curioso encontrar las múltiples similitudes entre ellos. Todos presentan una realidad basada en una felicidad generalizada pero falsa, producto de la acción del gobierno quien lo controla todo y a todos. Los protagonistas se enfrentan siempre a una serie de dudas existencias que les vuelven infelices y les hacen desafiar las normas sociales y legales.
Hace poco hice una investigación sobre los límites entre lo público y lo privado en nuestra sociedad actual. Uno de los pilares de nuestros sistemas democráticos es la diferenciación entre la esfera pública y privada. Según la teoría liberal y lo escrito en nuestras constituciones, todos tenemos derecho a disfrutar de nuestra vida privada sin ser objeto de arbitrarias persecuciones o interferencias gubernamentales. Con todas las bases de datos de que disponen nuestros gobiernos, con la impunidad que tienen las empresas para vendernos sus productos e investigarnos en nuestra intimidad y, sobre todo, nuestra aquiescencia a compartir nuestra vida privada a través de las nuevas tecnologías, parece que esa división entre público y privado está quedando cada vez más difusa. En estas novelas distópicas esa división ya es inexistente. Por suerte, aún estamos lejos del Gran Hermano Orwelliano o del Soma de Huxley, pero más nos valdría regular de nuevo la protección de nuestra vida privada. Pero volvamos a la ficción.
Sinceramente, de los tres, Fahrenheit 451 es el más flojo en lo que a literatura se refiere. No sé si ha sido la traducción, o es el estilo del autor, pero la prosa es empalagosa, repleta de símiles sin sentido y repeticiones que pretenden ser emocionales, pero que hacen la lectura lenta y, como digo, empalagosa.
La historia, por otra parte, es más que válida. Bradbury presenta unos EE.UU. en los que los ciudadanos están enganchados a sus televisores y pueden drogarse sin miedo a morir porque unos operarios cualquiera pueden renovarles la sangre y problema resuelto. El consumismo está por doquier y la vida es apacible, pese a que una guerra es inminente y a nadie le importa o sabe con seguridad si la hay o no. Lo más relevante de esta realidad es que los libros están prohibidos por ley, y para evitar que alguien pueda ser infeliz, pues los libros te hacen pensar y pensar puede llevarte a preguntarte la razón de las cosas, los bomberos se encargan de quemar a 451 grados Fahrenheit todos los libros que encuentran. De hecho, nadie sabe que antes los bomberos extinguían incendios en lugar de provocarlos. Guy Montag es un bombero que cree que es feliz hasta que conoce a alguien que vive más allá de la televisión gigante. Empieza a preguntarse el por qué de todo, y lee, y sigue preguntándose por qué, siendo consciente de todo lo que el hombre ha destruido.
Pese a que la humanidad nos equivoquemos una y otra vez, aún tenemos los libros para comprobar cómo hemos llegado hasta lo que somos hoy. No podemos dejar que la sabiduría de toda nuestra historia se pierda en pro de un progreso sin fundamento. Debemos leer, cuanto más y más variado mejor, y desafiar nuestra placidez preguntándonos si de verdad somos felices y si lo somos, a costa de qué o de de quiénes. Sólo nuestra capacidad de preguntarnos el porqué nos hace humanos. Sigamos leyendo, sigamos pensando.

La imagen es un fotograma de la polícula-adaptación que dirigió François Truffaut.

sábado, 3 de abril de 2010

La Cuba que se reinventa sin cambiar

Parece un título algo contradictorio, pero cierto. Hace ya más de un mes (siento tanto retraso), cumplí uno de mis sueños: viajar a Cuba antes de que cambie a mejor o a peor. El país que me encontré fue más o menos el que me esperaba. Alegre, ansioso de vivir, relajado y culto. Mi viaje también fue como el que siempre había imaginado: mochilero, de casa en casa, de ciudad en ciudad y en contacto con los cubanos.
Salimos de Canadá en un vuelo fletado para alimentar a los más de cincuenta hoteles resort de Varadero. Canadá es el país que más turistas envía a la isla y, por supuesto, la mayoría de ellos ansían el buen tiempo, las playas y las fiestas. No les echo en cara el “perderse” la Cuba real, pues todo el mundo necesita desinhibirse de cuando en cuando en un ambiente completamente diferente al rutinario, aunque llegué a encontrarme a quien había ido más de cinco veces la isla y nunca había visitado (ni con la excursión que siempre ofrecen) La Habana. Pienso que esto es una pena, porque lo más auténtico de Cuba son los cubanos.
Sobre los habitantes de la isla diré que me encontré de tres clases: los que te ven como un fajo de billetes andante, y te dicen, y te ofrecen, y te venden, y te insisten, y te vuelven a insistir; los que están hartos de los turistas, normalmente en tiendas y lugares para cubanos donde no se esperan extranjeros, estos cubanos te contestan con monosílabos o te miran con cara de terminar con esto cuanto antes, y por último el grupo mayoritario (afortunadamente), el que sólo quiere vivir su vida lo más feliz posible: amables, considerados y contemplativos. Tal y como una de nuestras anfitrionas cubanas lo definió: “el cubano vive tranquilo, si tiene dinero se lo gasta, y si no, pues no se lo gasta. No se piensa en el futuro: sólo en el presente”, y añadió que eso de los planes de pensiones y demás en la isla suena a chiste.
Cuando el cubano decide trabajar lo hace, y para ello emplea su intelecto y su originalidad, de ahí que haya quien se gane la vida con oficios de lo más pintorescos. Dicen que la necesidad agudiza el ingenio, y yo añadiría que Cuba es su capital.
Otra de sus características como pueblo es que se ayudan mutuamente: “un amigo de un amigo me ha dicho que estaban buscando un chófer…”, “les llevaré al lago donde conozco un balsero que les puede hacer un buen precio…”, “¿la casa donde estuvieron les gustó? Déme su teléfono que voy a recomendarle la mía a esa señora…”. Y así, si encuentras a alguien de confianza (lo cual es fácil) sabes que te recomendará a su gente de confianza.
Los turistas somos la principal fuente de ingresos de la isla, y eso no hay que olvidarlo al estar allí. El gobierno cubano tuvo una gran idea al legalizar las casas-hostal, pero lo que se desconoce es que la póliza que han de pagar los cubanos que ofrecen su casa es de 200 dólares al mes por habitación (normalmente son dos), de ahí que los precios no sean tan baratos como se pudiera esperar. Lo curioso es que la ley excluye al hotelero Varadero de esta ventaja, ¿por qué será?
A la isla le falta de todo, alimentos, medicamentos… pero, según ellos, su problema es económico, no político. Hablé con un cubano en Varadero que me contó que lo que necesita el gobierno es reformar algunas cosas y deshacerse de las minucias, sin dejar de ser socialistas por ello. El hombre me explicó que el gobierno controla hasta las barberías, lo cual es un gasto de dinero y personal innecesario. “Que se ocupen de lo importante”, decía, y Cuba ha demostrado que en lo social ha sabido ofrecer todo lo que ha podido: educación obligatoria y gratuita (incluida la universidad), sanidad garantizada, vivienda garantizada y trabajo garantizado. Cuando le saqué el tema de la libertad de expresión ya no supo qué contestar, aunque sí que aseguraba que la mayoría de cubanos (y él) siguen apoyando lo que se consiguió con la Revolución, y por eso nadie rechista a los Castro, si bien es cierto que se espera que Raúl, cuando esté solo de verdad, lleve a cabo esas reformas que reclaman los cubanos. Se enorgullecía el hombre de que Cuba es más democrática que muchos estados que dicen serlo, pues el parlamento se forma desde cada distrito de cada barrio de cada ciudad, y no a través de campañas pagadas (y a escondidas) por grandes empresas que luego pedirán algo a cambio. La gente propone a sus representantes, y todos tienen derecho a poder presentarse. Argüía que en Cuba los diputados no son ricos, a diferencia de lo que ocurre en otros países. Sí que admitió que es discutible que el gobierno pueda modificar una ley a su antojo (como ocurrió, por ejemplo, con la de legalización de las casas-hostal, en la que el gobierno excluyó a Varadero).
He contado un poco de aquella grata y enriquecedora conversación porque entendí que, a gran escala, Cuba sólo sobrevivirá tal y como es si sigue el ingenio de sus habitantes y se reinventa sin cambiar, como hacen los cubanos para ganarse la vida. No obstante, tal y como es ahora, también debe cambiar en varios aspectos, pues la libertad de expresión es tan importante como el poder comer, trabajar, estudiar o recibir asistencia médica. Se necesita, además, un gobierno responsable, y errores como el que se cometió con Orlando Zapata son completamente inadmisibles.
Aparte de todo esto, la belleza de la isla la intentaré transmitir (como pueda) mediante las imágenes que tomé.


En Trinidad, precioso pueblo cubano. La gente se sienta y contempla

En Trinidad

En el mar Caribe
(sí, ese soy yo, a veces mi cámara hace locuras como sacarme bien)

Las cataratas de El Nicho (éstas son las pequeñas)

Plaza Mayor de Cienfuegos

El Templete, donde se fundó la ciudad de La Habana

La Bahía desde la casa donde nos alojábamos

La Plaza de la Revolución
(Che: "Hasta la victoria siempre", Camilo Cienfuegos: "Vas bien Fidel")

Monumento de banderas, para dejarle bien claro a los imperialistas quién manda en la isla

Por doquier

El malecón de La Habana, al fondo, el Fuerte Morro-Cabaña