viernes, 17 de julio de 2009

Niños en el autobús

"Lléveme a la feria"
Línea 1, dirección Estación de Autobuses. A las nueve de la mañana, calor de mediodía, iba yo en el asiento individual que hay justo detrás del conductor pasando por todas las emisoras, porque la entrevista a Esperanza Aguirre no me convencía del todo. Al llegar a la parada de Alameda con el final o principio de la Avenida del Puerto veo que sube un niño de apenas 12 años. Flacucho, cabeza grande, pelo moreno y muy corto, con gafas y escuchando su mp3 o 4. El niño le pregunta con educación al conductor si este autobús le lleva a la feria y no sé exactamente que le contesta éste, pero el niño señala con su brazo hacia las atracciones instaladas en el antiguo cauce. Supongo que el chófer le diría que sí, que pasábamos al lado de la feria, entonces el niño saca una cartera más grande que su mano, paga el billete y se sienta.
Una parada después, cuando el 1 da la estúpida vuelta que nos acerca a Cánovas para después cruzar de nuevo al otro lado por el puente de las flores, el niño, al ver que estamos tan tan cerca de la feria se acerca de nuevo al conductor y le pregunta si hay una aún más cercana. El adulto le recomienda bajarse en la siguiente y el niño sorprendentemente responde con un "gracias" sincero, o eso me pareció a mí. El autobús vuelve a su camino natural, la feria está justo a nuestra izquierda, el niño baja y desaparece.
Un niño solo coge el autobús para dos paradas porque quiere ir a la feria, la feria que, evidentemente, está parada. La noria, símbolo y faro de la diversión, está quieta, es un amasijo de hierros blancos y grises, sin color, sin gente, sin música. ¿A qué va el niño a la feria? ¿Por qué se levanta a las 8 de la mañana para coger un autobús que le evite unos metros? ¿Por qué no va alguien con él? Puestos a pensar, pensé que quizá el niño se había escapado de casa para unirse a los feriantes y ofrecer sus servicios desde primera hora de la mañana. Entre todas las posibilidades que pasaron por mi cabeza ésta fue la que más me gustó.

Malcriados
Línea 1, dirección Poblados Marítimos. A las tres del mediodía, calor del Sahara, iba yo en el asiento individual que hay justo detrás del conductor atento al informativo de las dos y media. A la altura de la Ciudad Calatravesca me percato, sin mirar, que unos niños pequeños (8 y 10 años quizá) están jugando sobre la plataforma que queda detrás de la máquina que tica el bonobús. "Qué ricos" pienso al oír sus risas, pero poco a poco las carcajadas se convierten en estridentes gritos. Como casi ni oigo la radio en mis cascos deseo que aparezca la voz autoritaria que les marque un piano piano, pero nada, ni una palabra. Los niños comienzan a gritarse a pleno pulmón palabras como "gilipollas", "cojones", "maricón" etc. Cuando eres pequeño da mucha risita adentrarte en lo salvaje del lenguaje, pero ya nos cuidábamos de hacerlo lejos de la autoridad. "Ahora sí que alguien les dirá algo", pensamos todo el autobús. Nada. Los críos resultan ser unos malcriados. Aguirre defendiendo a Camps y yo sin enterarme.
Me acordé del niño de la mañana, de lo educado que era y de que iba solo. Éstos seguro que están acompañados porque si no el conductor no les habría dejado pasar ¿y el padre? ¿y la madre?
De repente les da por meter una y mil veces un bonobús gastado con el consiguiente sonido molesto que se escucha cuando da error. "Ahora es cuando el conductor les dirá que dejen de jugar con eso", se me pasa por la cabeza, "porque este autobús es de todos y él es el responsable". Que va, ni una palabra, total, si lo rompen ya vendrán los técnicos a arreglarlo.
Me levanto y los veo entretenidos con su bonobús y sus voces ruidosas. A su lado, en los asientos reservados una madre bastante joven, está en silencio con un pie apoyado en el asiento de enfrente. Se la pela todo lo que hagan sus hijos, como al chófer. Pues muy bien, mujer y hombre, así serán el día de mañana. Qué pena. Lo que no he decidido aún es si a mí, como en parte perjudicado de su actitud, me correspondería decirles algo...

Viñetas que lo dicen todo


Cómo me gusta El Roto.



Y Forges.


domingo, 12 de julio de 2009

La tragedia del PP en Les Corts

Francisco Camps, presidente de la Generalitat Valenciana, ha negado 126 veces su relación personal y la de su gobierno con la trama de corrupción del caso Gürtel. Después de todo lo publicado y del procedimiento judicial que continúa en el Tribunal Superior de Justicia de la Comunidad Valenciana todo apunta a que sus negativas fueron –salvando distancias y motivos– como las de San Pedro, es decir, mentiras por cobardía que profirió tanto dentro como fuera de Les Corts. Actualmente Francisco Camps intenta desesperadamente mantener esa imagen de hombre honesto que se había ganado en toda España, marcando diferencias con su antecesor, el cual, por cierto, se lo debe de estar pasando en grande con todo este embrollo, quizá hasta esté pensando “yo sí sabía hacer bien las cosas”.
El caso es que, por exigencias de la sala, el magistrado del TSJCV José Flors solamente está investigando un presunto delito de cohecho impropio pasivo, véanse los tres o cuatro trajes caros y regalados, sin embargo lo verdaderamente humillante para los valencianos es que contrataciones públicas que pagamos con nuestro dinero vayan sin que lo sepamos a empresas de “amiguitos del alma” del presidente y que éste nos mienta a diestro y siniestro. Entre sonrisas, manteniendo ese papel beatífico que le caracteriza, Camps afirmó en Les Corts que “no hay nada de nada, y de lo otro tampoco”, en el Foro ABC “claro que me pago mis trajes” y en el TSJ que los pagó con dinero en efectivo que le daba su mujer (¿doce mil euros?).
Pero las sonrisas tranquilizadoras sólo son para Canal 9. Cuando las cámaras se apagaban, en Les Corts el malestar del PP era evidente. Pleno tras pleno, su enfado con la oposición era cada vez mayor, hasta el punto de amenazar y romper los mínimos consensos políticos que existían. Así, mientras que Alfonso Ferrada, ex alcalde de Borriana por el PP, en 2008 se convirtió en senador en 30 horas, Leire Pajín tendrá que esperar como mínimo hasta octubre. Los valencianos que votaron al PSOE para el senado a día de hoy no tienen representación. Asimismo, en el último pleno celebrado el 25 de junio, amén de aprobar la ley de apoyo a la maternidad que apoya a todos menos a las mujeres, el PP copó los diez vocales para los consejos sociales de las universidades públicas de la Comunitat. Hasta la fecha lo normal era que PP y oposición pactaran los vocales, cinco de unos y cinco de otros. Esto se ha acabado y por lo que dejó caer en un desayuno con periodistas el portavoz del PP e imputado por cohecho Ricardo Costa, ya veremos qué pasa con la renovación de los cargos de las cajas de ahorros, las cuales no están precisamente en el mejor momento para ser campo de batalla político.
A causa de la tragedia política del PP, en la Comunidad Valenciana no se ha celebrado un pleno monográfico para debatir medidas contra la crisis simplemente porque la propuesta vino de la oposición y tres veces que lo pidieron, tres veces que lo tumbó la mayoría absoluta de Les Corts. Los debates parlamentarios son para reír o llorar, pues ni presentando la hipotética mejor propuesta de la historia de la democracia, PSOE, Comprimís o EU conseguirán que les escuchen o tomen nota de algo. El diálogo que propone el PP para volver a los consensos pasa por que la oposición se calle y no pregunte más por contratos ni amigos incómodos.
Foto de Levante-EMV cuando ocurrió esto. Ejemplifica a la perfección el actual panorama político valenciano.

miércoles, 8 de julio de 2009

"Cometas en el cielo". Recuerdo de lo que fue Afganistán

Hace tiempo que tengo leído Cometas en el cielo, de Khaled Hosseini, una novela de las que venden mucho y acaban en el cine. Lo cierto es que comenzó gustándome mucho, pues la historia está muy bien hilada y la contextualización del Afganistán más bello y puro, es decir, el de antes, está muy bien mostrada. Tras un atracón de quince capítulos el libro, el comienzo brillante y extraordinario da paso a un nudo algo previsible y a un desenlace aún más predecible en algunos puntos y con un sentimentalismo que, a mí por lo menos, me acabó cargando un poco. El sentimentalismo al que me refiero se concibe al darle una vuelta de tuerca más a la tragedia que envuelve la trama. No obstante, la novela me agradó y es de elogiar, pues es la primera obra de Hosseini, tal vez porque las novelas con tintes autobiográficos son las más creíbles (el autor pasó su infancia en Kabul).

La historia cuenta la profunda amistad entre un niño pastún (la etnia que manda en el país) y otro hazara (la que obedece) que se ve truncada por un hecho trágico avivado por el egoísmo y la cobardía del primero, el protagonista de la historia, que le marcará de por vida. La historia incluye amistad, drama, violencia, humor, ternura, amor y aventura.


Al leerlo recordé el invierno en Kandahar de Ana María Briongos y volví a sentir pena por los afganos y, por qué no decirlo, una cierta lástima por nunca haber (y quizá nunca tener) la posibilidad de visitar aquel Afganistán tan mágico y peculiar que se perdió definitivamente con la invasión de la URSS en 1979. Menos mal que los libros nos devuelven algo de todo aquello que rusos, taliban y estadounidenses destrozaron. Menos mal.