sábado, 6 de junio de 2009

"Fuera de lugar". Cómo se forja un espíritu libre

Una autobiografía sólo es relevante si nos descubre algo íntimo de su autor. Se entiende que si leemos las memorias de una persona a la que conocemos por sus acciones, lo último que querremos será hallarnos ante un mero relato cronológico de los hechos públicos de su vida que podríamos encontrar en cualquier enciclopedia. Para Borges las biografías eran “el ejercicio de la minucia, un absurdo” y añadía que “algunas constan exclusivamente de cambios de domicilio”, sin embargo, se tornan interesantes si el autor nos revela aspectos ocultos de su identidad quizá nos permita entender por qué orientó su vida hacia tal ámbito o por qué actuó de tal forma.
En Fuera de lugar, Edward W. Said sí ofrece una pormenorizado narración de aquello que más se desconocía sobre su persona: su juventud. El afamado crítico literario y activista palestino reconoce desde el principio que estas memorias se han escrito bajo el miedo y la presión de la leucemia que acabó con su vida en 2003, por tanto se entiende que Said lo que pretende con su autobiografía es “salvar” lo que le forjó como persona. Este mirar atrás parece más destinado a satisfacerle a él que a sus lectores, pese a que sí nos hace comprender el origen de algunos aspectos de su vida.
El título está escogido a la perfección pues el autor nos da múltiples ejemplos en los que sintió por una razón o por otra estar fuera de lugar: “he conservado aquella conciencia inquietante de tener múltiples identidades –la mayoría de ellas en conflicto– durante toda mi vida”. Nació y pasó algún tiempo en Jerusalén, fue a la escuela en El Cairo, veraneó en Líbano y tiene la nacionalidad estadounidense. Además, para Said “todo el mundo vive su vida en un idioma determinado” y por éste o el acento con el que hablaba inglés, árabe o francés también advirtió que no encajaba en múltiples ocasiones. Según afirma, no sin cierta ironía, hasta su nombre era una mezcla de identidades, puesto que sus propios padres eran una invención de sí mismos: árabes, cristianos y palestinos, su padre criado en Egipto con nacionalidad estadounidense y su madre en Líbano.
Si algo nos deja claro Said en sus memorias es su característico espíritu libre y su represión familiar y sexual. Esta última es provocada por un complejo de Edipo que Said reconoce sin ambages: “tal vez por razones edípicas yo había bloqueado la figura de mi padre, y tal vez mi madre, con su habilidad para la ambigüedad y la manipulación, la habían desautorizado”. La frialdad con que le trató su padre y la dependencia que tuvo de su madre afirma que le marcaron de por vida, incluso después de morir ambos. Evidentemente, todo ello también le afecto al principio en el trato con las mujeres y con su propia sexualidad.
La causa de esta represión la explican los privilegios económicos de su familia y su hermetismo, el cual le impidió tener contacto con su entorno y con personas ajenas a su familia. Se sentía atrapado y por eso, desde niño, su inteligencia natural le llevó a buscar escapatorias, las cuales encontró fundamentalmente en la lectura y la música, dos de los factores que más le definieron después. Leía todo lo que caía en sus manos sin importar si era para niños o no y, más que los estudios de piano, a él le gustaba experimentar y escuchar música. De hecho, medio siglo después, con su amigo el pianista Daniel Barenboim creó la Orquesta Diván Este-Oeste, un proyecto que une a niños palestinos e israelíes a través de la música, por el que les concedieron el Premio Príncipe de Asturias de 2002. Por otra parte, sobra decir, que fueron los libros los que decidieron su vida como crítico literario.
Una familia sobreprotectora y una educación en la que no encajaba y que sólo reprimía aún más sus inquietudes hicieron de él un niño rebelde al que reñían a menudo: “pronto empecé a extraer un placer secreto del hecho de hacer o decir cosas que rompieran las normas”. Su mal comportamiento de niño se transformó en la actitud políticamente incorrecta que manifestó siendo adulto.
Como vemos, mucho explica Said sobre su desarrollo emocional, aunque no lo hace tanto con su fragua como activista pro-palestino. Sí nos ofrece someramente el origen de esta faceta, encarnado en su tía Nabiha, la cual dedicó toda su vida a los refugiados palestinos. El exilio de su familia lo vivió también desde la represión: “no teníamos que hablar de aquel lugar [Palestina], sino únicamente echarlo de menos de forma silenciosa y patética”. Es interesante, asimismo, el recuerdo que tiene Said de Ezra, un compañero de clase que era judío y con el cual no tuvo mucha relación, pero que pasó a representar el abismo insalvable entre israelíes y palestinos y el “terrible silencio forzoso que iba a existir en nuestra historia” a partir de que dejó de verlo en 1948.
Por lo que se desprende de su relato, Said, hasta su madurez, sólo tuvo relación con Palestina a través de sus recuerdos de niño y de su tía. Fue en la universidad de Princeton en la que comenzó a interesarse por la política y donde publicó su primera columna sobre el conflicto de Oriente Medio. Sus padres, por supuesto, desaprobaron que entrara en política. Pese a lo dicho, Edward Said nos niega todo lo acaecido más allá de Harvard, en la que se doctoró, y por tanto desconocemos como terminó de comprometerse por la causa palestina. Un ejemplo lo encontramos cuando nombra la guerra de 1967: “no volví a ser la misma persona. El efecto traumático que me produjo aquella guerra me devolvió a mi punto de partida: la lucha por Palestina”. Esta frase es quizá el último apunte de su evolución personal, todo lo que vivió, sintió, realizó, vio, escuchó, todo por lo que luchó, sus éxitos y sus fracasos como adulto se obvia en sus memorias. Si bien, como dijimos arriba, aquello que hizo lo podemos conocer, también nos habría interesado su opinión crítica y sus sentimientos acerca de lo que vivió una vez doctorado en Harvard.
Además de este vacío tan importante en sus memorias, premeditado a todas luces, Said también cae en las “minucias” de las que hablaba Borges, pese a que lo que para nosotros lo sean, para él no. Es por esto por lo que el libro se vuelve repetitivo en ciertos puntos, como por ejemplo cuando reitera su relación con su madre. Asimismo y aunque Said fuera un gran ensayista, la narración tiene saltos temporales no justificados que, por otra parte, tampoco dificultan demasiado la lectura porque, como se ha visto, toda transcurre en un periodo de su vida muy concreto. Así, en el capítulo noveno, el autor comienza en 1991 contando cómo se enteró de su enfermedad, a pesar de que pudo haberlo hecho cuando nos anuncia su enfermedad en el prólogo, y siendo que después vuelve (sin relación aparente) a 1951, año en el que entra en un colegio estadounidense.
Fuera de lugar es, además del deseo y la liberación de un hombre que siente que el fin se acerca, un libro que explica cómo se forja la personalidad de uno de los académicos y activistas más importantes que ha dado Palestina, un espíritu libre y culto que tras plasmar y hacer memoria concluye con una convicción personal: “después de tantas disonancias en mi vida he aprendido finalmente a preferir no estar del todo en lo cierto y quedarme fuera de lugar”.

No hay comentarios: