lunes, 17 de noviembre de 2008

Y después de la famosa cumbre...

¿Y?
¿Ya está?
¿Ya pasó?
¿Va a ser diferente esta vez?
¿Por qué?
¿A nadie se le ha ocurrido replantear el sistema y no refundarlo?
No hablo de un socialismo real, nada más lejos de la realidad, sino de abrir un debate que en esta reunión sólo se ha esbozado.
Recomiendo leer la entrevista a Noam Chomski en Rebelion para una visión más radical (desde la raíz) de la crisis.
Pero sin duda, la columna que más acertada he encontrado hoy, o al menos, la que más me ha calado, ha sido la de Moisés Naim en El País (diferente y mucho más ligera y accesible que Chomski). La incluyo a continuación (la negrita es mía):
Tolstoi y el G-20
MOISÉS NAÍM 16/11/2008
"Todas las familias felices son iguales; pero cada familia infeliz lo es a su manera". Así comienza Ana Karenina, la novela del gran León Tolstoi. Parafraseándolo, cabe notar que cada uno de los 20 países representados en la cumbre del G-20 (el Grupo de los 20) en Washington está sufriendo por la crisis económica mundial. Pero, al igual que las familias infelices, cada país la está sufriendo de una manera diferente. El impacto de la crisis en los países ricos (Estados Unidos, Alemania, etcétera) es distinto al que han sufrido los emergentes (China, Brasil, Turquía, etcétera). Además, los primeros fueron los causantes de la crisis y los segundos sus víctimas. Los exportadores de petróleo (Arabia Saudí o Rusia) que estuvieron en la reunión no están contentos con el desmoronamiento de los precios del crudo, mientras que para los consumidores (Suráfrica o Italia, por ejemplo) pagar menos por la energía es la única buena noticia dentro del aluvión de malas nuevas que reciben a diario. Todo esto es sólo para enfatizar que detrás de esta cumbre del G-20 coexisten razones que impulsan a su éxito con otras igualmente poderosas que lo socavan. El dinero es global mientras que la política es local y, por lo tanto, hay una justificada necesidad de coordinar reacciones nacionales ante una crisis que no respeta fronteras. Por ello, esta cumbre y otras que vendrán son necesarias y bienvenidas. Pero la emoción narcisista que sienten los jefes de Estado al asistir a reuniones como ésta no debe hacerles olvidar que en las cumbres de mandatarios el teatro suele desplazar los logros concretos. Es indispensable ser realistas y transparentes con respecto a los obstáculos que dificultan los acuerdos. Los 20 países están unidos por el miedo ante la crisis y la necesidad de actuar en conjunto. Pero no hay que olvidar que los dividen intereses, ideologías y realidades políticas domésticas. Para Nicolas Sarkozy y Gordon Brown, la presencia y el protagonismo en esta reunión los ha reoxigenado políticamente en sus países. En cambio, para George W. Bush ser el forzado anfitrión del G-20 ha sido una pesadilla que sólo sirvió para recordarle a su país y al mundo sus fracasos y el hecho de que la mayoría de sus huéspedes no ven la hora de que se vaya. Dentro del G-20 también hay visiones muy diferentes sobre los remedios frente a la crisis. "Los europeos se están extralimitando y han generado fuertes reacciones a sus propuestas. Ellos no pueden venir a darnos discursos sobre la refundación del capitalismo y la necesidad de más regulaciones. Su sistema financiero siempre ha estado superregulado y eso no los protegió de la crisis. Sus bancos están más endeudados que los estadounidenses y sus banqueros han sido tan irresponsables como los de Wall Street. La retórica ideológica no va resolver esta crisis. Si los europeos quieren ayudar deben imitar a China y salir con agresivos programas de gasto público que pongan a crecer sus economías y deben también eliminar las protecciones que impiden que los países pobres les vendan productos y crezcan". Esto me lo dijo uno de los más importantes representantes de India en la reunión, quien sólo estuvo dispuesto a que lo citara anónimamente. También hablé sobre el G-20 con Robert Zoellick, el presidente del Banco Mundial, y uno de los asistentes a la cumbre: "La idea de una nueva arquitectura financiera global implica una estructura jerárquica que ya no es eficaz en el mundo de hoy", me dijo. "Hay que pensar en redes, no en grupos. Más que operar a través de grupos de países como el G-7 o el G-20, hay que pensar en redes de países combinados con otros actores multilaterales u organismos no gubernamentales que actúen sobre problemas concretos y los alivien o solucionen. No hay nada como la legitimidad que te da el solucionar un problema", afirmó Zoellick.
En este sentido, vale la pena citar la siguiente declaración: "En nuestra reunión en Washington... acordamos intensificar la cooperación para enfrentar los retos de la situación actual, así como la necesidad de trabajar en conjunto en una amplia gama de reformas para fortalecer el sistema financiero internacional. Los jefes de Gobierno anunciaron un conjunto de medidas en este sentido que implementaremos lo más pronto posible". Ésta fue la conclusión de la reunión de los ministros de economía de los siete países más industrializados (el G-7) que se llevó a cabo hace diez años en respuesta a la crisis financiera asiática.
Una década después la han podido firmar textualmente los asistentes al G-20. Ojalá que además de declaraciones de este tipo también firmen leyes y decretos que estimulen sus economías.
mnaim@elpais.es

2 comentarios:

EL QUEJICA dijo...

Ya se que no es un periodista de tu agrado pero...

Un saludo

Salva


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Los amos del Mundo / Arturo Pérez-Reverte

Artículo premonitorio del escritor y periodista cartagenero Arturo Pérez-Reverte, publicado en "El Semanal" el 15 de noviembre de 1998, y que ahora, diez años después, se revela como una auténtica profecía:


"Usted no lo sabe, pero depende de ellos. Usted no los conoce ni se los cruzará en su vida, pero esos hijos de la gran puta tienen en las manos, en la agenda electrónica, en la tecla intro del computador, su futuro y el de sus hijos. Usted no sabe qué cara tienen, pero son ellos quienes lo van a mandar al paro en nombre de un tres punto siete, o de un índice de probabilidad del cero coma cero cuatro.

Usted no tiene nada que ver con esos fulanos porque es empleado de una ferretería o cajera de Pryca, y ellos estudiaron en Harvard e hicieron un máster en Tokio -o al revés-, van por las mañanas a la Bolsa de Madrid o a la de Wall Street, y dicen en inglés cosas como long-term capital management, y hablan de fondos de alto riesgo, de acuerdos multilaterales de inversión y de neoliberalismo económico salvaje, como quien comenta el partido del domingo.

Usted no los conoce ni en pintura, pero esos conductores suicidas que circulan a doscientos por hora en un furgón cargado de dinero van a atropellarlo el día menos pensado, y ni siquiera le quedará a usted el consuelo de ir en la silla de ruedas con una recortada a volarles los huevos, porque no tienen rostro público, pese a ser reputados analistas, tiburones de las finanzas, prestigiosos expertos en el dinero de otros. Tan expertos que siempre terminan por hacerlo suyo; porque siempre ganan ellos, cuando ganan, y nunca pierden ellos, cuando pierden.

No crean riqueza, sino que especulan. Lanzan al mundo combinaciones fastuosas de economía financiera que nada tiene que ver con la economía productiva. Alzan castillos de naipes y los garantizan con espejismos y con humo, y los poderosos de la tierra pierden el culo por darles coba y subirse al carro.

Esto no puede fallar, dicen. Aquí nadie va a perder; el riesgo es mínimo. Los avalan premios Nóbel de Economía, periodistas financieros de prestigio, grupos internacionales con siglas de reconocida solvencia. Y entonces el presidente del banco transeuropeo tal, y el presidente de la unión de bancos helvéticos, y el capitoste del banco latinoamericano, y el consorcio euroasiático y la madre que los parió a todos, se embarcan con alegría en la aventura, meten viruta por un tubo, y luego se sientan a esperar ese pelotazo que los va a forrar aún más a todos ellos y a sus representados.

Y en cuanto sale bien la primera operación ya están arriesgando más en la segunda, que el chollo es el chollo, e intereses de un tropecientos por ciento no se encuentran todos los días.

Y aunque ese espejismo especulador nada tiene que ver con la economía real, con la vida de cada día de la gente en la calle, todo es euforia, y palmaditas en la espalda, y hasta entidades bancarias oficiales comprometen sus reservas de divisas. Y esto, señores, es Jauja.

Y de pronto resulta que no. De pronto resulta que el invento tenía sus fallos, y que lo de alto riesgo no era una frase sino exactamente eso: alto riesgo de verdad. Y entonces todo el tinglado se va a tomar por el saco. Y esos fondos especiales, peligrosos, que cada vez tienen más peso en la economía mundial, muestran su lado negro. Y entonces -¡oh, prodigio!- mientras que los beneficios eran para los tiburones que controlaban el cotarro y para los que especulaban con dinero de otros, resulta que las pérdidas, no.

Las pérdidas, el mordisco financiero, el pago de los errores de esos pijolandios que juegan con la economía internacional como si jugaran al Monopoly, recaen directamente sobre las espaldas de todos nosotros. Entonces resulta que mientras el beneficio era privado, los errores son colectivos y las pérdidas hay que socializarlas, acudiendo con medidas de emergencia y con fondos de salvación para evitar efectos dominó y chichis de la Bernarda.

Y esa solidaridad, imprescindible para salvar la estabilidad mundial, la pagan con su pellejo, con sus ahorros, y a veces con sus puestos de trabajo, Mariano Pérez Sánchez, de profesión empleado de comercio, y los millones de infelices Marianos que a lo largo y ancho del mundo se levantan cada día a las seis de la mañana para ganarse la vida.

Eso es lo que viene, me temo. Nadie perdonará un duro de la deuda externa de países pobres, pero nunca faltarán fondos para tapar agujeros de especuladores y canallas que juegan a la ruleta rusa en cabeza ajena.

Así que podemos ir amarrándonos los machos. Ése es el panorama que los amos de la economía mundial nos deparan, con el cuento de tanto neoliberalismo económico y tanta mierda, de tanta especulación y de tanta poca vergüenza."

http://lacomunidad.elpais.com/el-caissero-domado/2008/11/9/los-amos-del-mundo-arturo-perez-reverte-

moledo dijo...

Hola:
Lo admiro como periodista, lo que le falta como columnista es algo de modestia. No comparto mucho lo de llevar lo chavacano a las columnas, sin embargo en ésta coincido con todo lo que dice y con las palabras que dedica a esa gentuza que destruye la vida y el mundo.