martes, 3 de junio de 2008

Dos modos de crearse una buena imagen

La publicidad es una disciplina que, como el periodismo, puede ser creativa, anodina o directamente una aberración que humilla al receptor, unas veces atribuyéndonos la inteligencia de nu paramecio y otras incluso aprovechándose de nuestras necesidades y sentimientos más básicos. Lo que más detesto de la publicidad comercial es su fin: hacernos consumir o, peor aún, hacernos consumir felices y sin conocimiento. Por supuesto, admiro los modos originales con los que los publicistas nos lanzan los mensajes, pero siempre y cuando nos respeten. En este post trataré dos formas publicitarias que me han llamado la atención últimamente.
La primera aparecía ayer en El País donde podéis leer la noticia. Por lo visto, en Indonesia un multimillonario para promocionar un libro que ha escrito (no me interesa ni su nombre, ni su libro) se ha montado en uno de sus aviones privados (tampoco me interesa cuál) y ha arrojado desde el cielo 100 millones de rupias (7.000 euros) sobre una zona pobre al oeste de Yakarta. Claro, en un país con una renta per cápita por debajo de 20 dólares, la expectación fue máxima. El millonario se atrevió a decir que prefería compartir el dinero con quien más lo necesita, pero lanzó cien millones de rupias en billetes pequeños en los que iba pegada la publicidad de su libro. La imagen de cientos de personas esperando la "lluvia de dinero", la desesperación de gente arrastrándose por el suelo para recoger los billetes, los empujones, las caídas y las discusiones y peleas que se formarían no son, precisamente, la imagen que complace a un filántropo, es más bien la que buscaría un egocéntrico, un narcisista jugando a hacer felices a las personas creando situaciones humillantes, sintiendo su poder. ¿Podrán los pobres que recogieron el dinero del cielo comprar su libro? No. ¿Les caerá bien el millonario que les regaló el dinero? Sí. ¿Se habrá forjado la imagen de filantrópico escritor? Ojalá no.



El segundo ejemplo de consecución de una buena imagen, esta vez corporativa, lo centro en la última campaña de Endesa (aunque Iberdrola también encajaría). Ese anuncio en el que aparecen adorables niños reclamando los derechos que quieren para sus hijos me parece de una sensiblería insultante. Todo el mundo sabe que los niños enternecen el ánimo de las personas de bien y si a eso le añadimos unas frases emotivas enmarcadas en una fotografía y en un montaje audiovisual muy cuidado y bello ya tenemos a la audiencia a coro diciendo: "ooooh". De modo que, sí, señores de Endesa, su anuncio en general gusta, ha valido la pena esos millones de euros que se han dejado en su producción y su emisión. Que pena que esos millones no se hubieran empleado para restarle CO2 a la atmósfera que respirarán los hijos de nuestros hijos. Personalmente el mensaje comprometido y sensiblero no hace que cambie la imagen corporativa que me he formado de ustedes. Para mucha gente cuentan más los hechos que los anuncios.

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